Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Meteoros

CHUZOS de punta, días de perros, fríos que pelan la última sonrisa. Ha llegado la época imperial para los hombres, y mujeres, del tiempo. Días tan gélidos y caóticos en los que se ungen como chamanes del plasma, mientras los pobres reporteros becarios comienzan a convertise en calipos vivientes por los más remotos pueblos de la cartografía virtual.

La meteorología es una excelente ciencia televisada que siempre ha tenido alma de conjuro. Tan recurrente como un diálogo de ascensor. Se disfraza de atlas, con nombres, iconos y animaciones y termina de vestirse con ceremoniosa credibilidad con las imágenes por satélite, cuando las borrascas toman forma de gelatina viscosa y terrorífica. De las lecciones magistrales con pizarra y puntero de Mariano Medina o del sabio Manuel Toharia al cinemascope de Mónica López media la historia de TVE, de toda la tele, y del propio tiempo. La meteorología se acomoda en formatos espectaculares que no obligan a la estridencia en sus conductores, como sucede, por tradición, en otros países. En España siempre se le tuvo mucho respeto a los meteorólogos de otro tiempo, a los brujos de los mapas; y ahora son amiguetes de postre, como Roberto Brasero, el de Antena 3.

La información del tiempo es toda una institución para millones de espectadores porque, a fin de cuentas, es la única ocasión en la que la tele está hablando efectivamente de nosotros mismos. Nos habla de esas lluvias que acechan a nuestra provincia, de la tormenta que nos cala el nombre de nuestra ciudad, de las bajas temperaturas que hará refugiarnos en casa este fin de semana. Es el mayor encanto de los chamanes del tiempo: nos miran a los ojos, nos tutean de usted y nos pronostican nuestro futuro más mundano e inmediato. Y nosotros les respondemos ahora con fotos de nubarrones y cristales.

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