La Noria

Carlos Mármol

El Metro: una batalla interesada

El PP empieza a agitar el señuelo del Metro de Sevilla como primer recurso de la táctica de confrontación política con la Junta de Andalucía que marcará el primer año de gobierno de Zoido en el Ayuntamiento

SE veía venir desde lejos. Igual que un tren llegando a una estación: lentamente y sin detenerse. No supone por tanto ninguna sorpresa. Más bien al contrario: entra dentro del guión, que ya está escrito. Y, por lo que se intuye, éste no va a sufrir demasiadas modificaciones. Tan sólo las estrictamente necesarias. Tampoco puede ignorarse, porque es un factor ilustrativo, que no hayan dejado pasar ni siquiera el calendario que dicta el protocolo oficial -que no sitúa hasta dentro de una semana la toma de posesión como nuevo alcalde de Juan Ignacio Zoido- para que el PP ponga ya sobre la mesa la primera exigencia (política) que el futuro gobierno municipal de Sevilla piensa hacerle a la Junta de Andalucía: una red integral de Metro diferente a la inicialmente prevista.

Es cierto que antes han surgido otras cuestiones previas. Alguna que otra realmente sorprendente. De entrada, no empezaron mal: el anuncio de la auditoría municipal se antoja una cuestión natural y lógica, aunque en realidad no debería servir de pretexto eterno. Después, quizás por un mal consejero, aconteció el episodio -célebre y útil al mismo tiempo, si es que se tiene la rara capacidad de aprender de los errores- de la sorprendente proclama sobre la necesidad de acometer una nueva reinvención estética (otra vez) del casco antiguo de Sevilla o la recurrente polémica por los cambios en el nomenclátor. Y, en tercer lugar, salió la cuestión del tranvía y del Metro, aunque en honor a la verdad este último asunto ya lo había lanzado el propio Javier Arenas, presidente del PP andaluz, que es quien marca el camino hacia el horizonte, horas después de cerradas las urnas y conocido el saldo de 20 a 11 ediles que marcará la política local de Sevilla durante los próximos cuatro años.

La primera bandera

Es evidente que los populares tienen demasiada hambre de balón. La tenían hace ya cuatro años. Y ahora, con el aval del apoyo logrado en las urnas, cuentan las horas que restan para el Pleno constituyente que permitirá a Zoido -la ley de bases de régimen local es de corte presidencialista- convertirse en el regidor de Sevilla. De todos es sabido: un rey, si aspira de verdad a reinar, debe tener algunas banderas. Contadas pero significativas. Que sean propias o ajenas en realidad viene a ser lo de menos. Lo importante es que parezcan suyas y, claro, que la gente sea capaz de reconocerlas y esté hasta dispuesta a seguirlas. ¿Y qué mejor señuelo, puesto que toda bandera al fin y al cabo no es más que esto, que el Metro de Sevilla?

Al elegir el motivo, sin embargo, el PP no está siendo demasiado original. Rojas Marcos, cuyo mandato como alcalde marcó época, ya hizo lo mismo, con bastante más inteligencia, también con el Metro y con el Estadio de la Cartuja. Ambos son hoy realidades tangibles, aunque uno sea rentable desde el punto de vista social -esta semana la línea 1 del Metropolitano ha llegado a los 30 millones de viajeros tras dos años y medio de funcionamiento sin casi ningún problema- y el otro, en cambio, sea un perfecto ejemplo de falsa grandeur, tan rotundo como innecesario. Más o menos igual que las famosas setas de la plaza de la Encarnación.

El PP ha escogido el asunto del Metro como la primera exigencia ("democrática", puntualizó en su momento Arenas) para inaugurar el año, corto pero intenso, que resta para los próximos comicios autonómicos, en los que el partido conservador, que ya domina por completo el mapa político nacional y regional tras las elecciones del 22-M, planea conquistar el Palacio de San Telmo poniendo fin así a las largas y sucesivas décadas de poder socialista en Andalucía.

¿El PP quiere hacer de verdad el Metro? Es de suponer que sí. Claro. Pero, sobre todo, lo quieren porque consideran -no sin cierta razón- que es un argumento útil para que los votantes que han apoyado a Zoido en estas elecciones locales hagan lo propio en los comicios autonómicos. Una hipotética mayoría electoral del PP en la guerra regional pasa, ineludiblemente, por reducir sustancialmente la actual diferencia de diputados que el PSOE tiene por la provincia de Sevilla en las Cinco Llagas. Lo que significa que la reciente victoria en la lucha por la Alcaldía de Sevilla no tiene sólo un efecto simbólico (trascendente, por otro lado), sino también pragmático: es necesario conservar, al menos durante el próximo año, el llamado voto prestado o emigrado hacia las filas del PP desde sectores hasta ahora electoralmente afines al PSOE.

El Metro, al igual que la Ciudad de la Justicia -cuya ubicación está en discusión por parte del PP-, son dos batallas que se plantean en el ámbito local pero que, en realidad, parecen estar concebidas para un fin superior al municipal. Un objetivo que no tiene tanto en cuenta el interés de los ciudadanos -los sevillanos necesitan mejores instalaciones judiciales, con independencia de su ubicación exacta- como otros elementos tácticos: hacer notar a los socialistas, cuyo poder institucional en el Gobierno central y la Junta tiene sólo diez meses de respiración artificial, que la ola triunfal del PP es un tsunami imparable. Habrá otros episodios más o menos similares. Segurísimo. Por ejemplo: la reivindicación de una ley de capitalidad para Sevilla que fije un porcentaje cerrado de inversiones por parte de la Junta.

El nuevo alcalde electo tiene el derecho -y hasta la obligación- de analizar los proyectos diseñados por la Junta de Andalucía para el Metro, respaldo político suficiente para plantear cambios y hasta puede colaborar en la búsqueda de la financiación externa necesaria para sacar adelante la red integral del Metropolitano.

Zoido, en este sentido, no sólo disfruta del aval de las urnas, sino del derecho a un protagonismo político que, en el caso de Monteseirín, no siempre se ejerció. Nadie discute su papel institucional como representante del nuevo gobierno de la ciudad, entre otras cosas porque hay que darle cierto tiempo -los célebres cien días- antes de entrar a hacer un análisis a fondo de su gestión, que todavía ni siquiera ha empezado por mucho que algunos, demasiados ya, disfruten y presuman en público del vano ejercicio (para el ego) de decirle qué es lo que debería hacer.

Lo que sí conviene recordar, para que cada ciudadano pueda formarse su propio juicio en relación a esta cuestión, son algunos datos objetivos. Ciertos. Indiscutibles. Probablemente molestos. Tan impertinentes como cualquier verdad. Primero: la red de Metro de Sevilla que propone el PP cuesta 1.500 millones de euros más de lo previsto. Una cantidad difícilmente abordable, incluso por un inversor privado, en las actuales condiciones económicas. Dos: el proyecto de la Junta tiene un trazado en subterráneo de un 92%. No se sostiene la tesis del PP de que la Junta pretende ahorrarse dinero haciendo un proyecto en superficie. Y tres: el PP, a pesar de este repentino afán por el Metro, nunca puso dinero cuando gobernó en Madrid para financiar la línea 1. De hecho, no fue hasta diciembre de 2005 -con Solbes de ministro de Economía- cuando el Estado aceptó poner una parte de los fondos (al menos un tercio) para costear las obras y librar así a los tres ayuntamientos implicados (Sevilla, Dos Hermanas, Mairena) del 25% de financiación que tuvieron que comprometer por adelantado ante la negativa de Aznar a cumplir con la ley del Metro.

Una vez dicho esto, cada uno es libre de jugar a lo que estime más conveniente. Es evidente que Sevilla requiere un Metro integral que no se quede justo de costuras. Pero también es obvio que, más que levantar banderas a conveniencia, lo práctico es ayudar a cerrar los frentes abiertos -la financiación, la gestión de los presupuestos públicos- para que Sevilla tenga el Metro que se merece. Sin padres. Ni madres. Sencillamente de todos.

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