Editorial

Micropolítica

MONTESEIRÍN y Zoido polemizaron en el Pleno a cuenta del populismo de este último, que literalmente saca de quicio al alcalde. Aquél estalló después de que el líder de la oposición reclamara el arreglo del colegio de San Jacinto y le instara a que se hiciera acreedor del cargo que ostenta. Monteseirín acusó a Zoido de practicar "un juego inmoral" porque, a su juicio, utiliza las carencias vecinales no para que se resuelvan, sino como arma contra el Ayuntamiento. "Acaba usted de llegar - le espetó - y quiere darnos lecciones de algo que nosotros venimos haciendo desde hace tiempo". Si el alcalde pregona que hace lo mismo que Zoido, ¿dónde está la inmoralidad? Monteseirín no puede acusar al líder de la oposición de trasladar las denuncias vecinales al Ayuntamiento porque ésa es justamente la primera misión de un edil. Así actúan los políticos en el Reino Unido: en contacto permanente con sus votantes. No puede reprocharle ahora al PP que haga aquello de lo que antes le acusaba: no prestar atención a los barrios, considerados por el PSOE como su feudo electoral, su granero de votos. Si Zoido está abanderando reivindicaciones de los barrios y puede llevarlas al Pleno o denunciarlas ante la Prensa es justamente porque el gobierno municipal está dejándole ese nicho vacío y permitiéndole amplificar el eco de sus denuncias mediante desafíos que parecen un tanto frívolos pero que por su misma simplicidad calan en la opinión pública: la retirada de la basura del Vacie, el arreglo de la papelera de Los Remedios, la reposición del banco de Bellavista... Si Monteseirín no dejara flancos abiertos en su gestión o reaccionara con celeridad, Zoido no tendría esos espacios como altavoces. Un ejemplo: los vecinos del Arenal tuvieron que cortar el tráfico en varias ocasiones para que, tras ocho meses de denuncias, el Ayuntamiento les pintara un paso de cebra casi clandestinamente por la noche. ¿No fue un desgaste gratuito para acabar rectificando? Monteseirín proclamó que, tras las grandes y molestas obras del pasado mandato, había llegado por fin la hora de la micropolítica. Lo que no podía esperar es que fuera el mismísimo Zoido quien aplicara su doctrina al pie de la letra.

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