El tránsito

Eduardo Jordá

Miedo a envejecer

DENTRO de muchos años, si todavía hay vida inteligente en este planeta -y al paso que vamos, eso no parece muy probable-, alguien se preguntará cómo era la vida a comienzos del siglo XXI. Espero que alguien llegue a la conclusión de que en España habíamos llegado al mayor grado de civilización conocido hasta el momento, porque considerábamos que era un deber moral contar con servicios sanitarios de primera calidad para toda la población, incluida la que carecía por completo de recursos económicos. Pero es posible que nadie repare ya en ese dato, porque lo único que se recuerde de nuestro país sea que teníamos más clínicas de cirugía estética que ningún otro país del mundo, ya que la obsesión por la belleza física y la juventud (conceptos que tal vez resulten incomprensibles para un ser del siglo XXIII) se había apoderado de todos nosotros.

Ya sé que son preguntas ociosas que nadie va a poder contestarme. Y si uno ni siquiera esta en condiciones de entender lo que pasa durante su época, es una locura intentar averiguar qué pensarán de nuestras costumbres y de nuestras ideas dentro de trescientos años, si es que por entonces nuestro planeta no se ha convertido ya en una réplica de Marte, es decir, en una gran extensión de polvo rojo y helado.

Pero yo me lo pregunto, sobre todo porque el otro día vi en la televisión a Victoria Abril, una mujer que tiene más o menos mi edad (espero no ser desconsiderado si lo digo), y me dio la impresión de que se había operado el rostro. Quizá ella esté más contenta ahora, pero yo echo de menos el rostro de una mujer madura, maltratado por el tiempo y la vida, pero elocuente precisamente por ello, y también vivo y atractivo y revelador. Ahora mismo puede que haya quinientas replicantes de Victoria Abril, o de Robert Redford, a quien vi también hace poco en una foto, retocado y estirado como uno de aquellos maniquíes antiguos que se veían en los escaparates de las tiendas de ropa. Comprendo que a cualquiera de estas personas le dé miedo envejecer, y comprendo también que quieran disimular en lo posible los signos externos de lo que ellos consideran decrepitud. Pero nos estamos convirtiendo en una sociedad tan neurótica y aburrida que dentro de poco ya nos va a costar mucho trabajo el simple hecho de tenernos en pie. Si consideramos que cumplir años no es un paso natural de la vida, sino más bien una debilidad vergonzosa o incluso una especie de anomalía aberrante, estamos viviendo de espaldas a la vida y nos negamos a encarar la verdad de las cosas. A los romanos del tercer siglo de nuestra era les pasó más o menos lo mismo. Se volvieron demasiado holgazanes, histéricos y asustadizos. Y cuando llegó el momento, casi aceptaron con alivio la llegada de los bárbaros.

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