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rafael / sánchez Saus

Miedo, tengo miedo

HACE unos días me llegaron al móvil unas cuantas fotos de iglesias sevillanas con pintadas ofensivas y guerracivilistas. Al cabo de unas horas, un amigo que también las había recibido, me mandaba otras imágenes de esas mismas fachadas, fotografiadas por él en ese instante: no habían existido las pintadas, todo era un montaje para estimular el voto del miedo entre los católicos. A esto ha llegado la derecha vergonzante que, legislatura tras legislatura, ha sido cómplice necesaria en la laminación de lo que quedaba de presencia cristiana no folclórica en la vida pública española.

No se puede añadir nada al extraordinario artículo que ayer publicó en estas páginas el gran Enrique García-Máiquez sobre el voto del miedo, ese que hoy sentimos extenderse de persona a persona como antaño la peste, infectando incluso a quien más sano y seguro se sentía. ¡Qué miserable expediente! Una opción política que confía su triunfo a semejante estrategia no sólo merece la derrota, es que su victoria, aún en el caso de producirse, nacería estéril y muerta.

Por otra parte, ¿qué más da? La campaña electoral que termina puede haber batido todas las marcas previas de achatamiento. ¿Alguien puede recordar al menos una idea o una frase brillante de alguno de los candidatos? En realidad, a nadie parece interesarle otra cosa que el resultado, el debatido y ajustado triunfo del miedo o del odio. ¿Puede creer alguien que esto es democracia o puede una democracia sobrevivir a esto? El nivel es tal que hasta los líderes populistas de otros países, desde una Marine Le Pen a un Putin o un Trump, parecen lumbreras frente a lo que aquí gastamos. Si quieren nuestros votos, que nos den al menos argumentos que no consistan en lo malos que son los demás porque, así las cosas, el voto en blanco, el testimonial o la abstención activa se convierten en opciones liberadoras para el ciudadano.

Claro que no podemos olvidar que esos líderes y mensajes se dirigen al pueblo que tolera que en su selección nacional de fútbol -metáfora de asuntos de más gravedad- aniden tipos que se permiten hacer un disimulado gesto obsceno mientras suena el himno de España. Y que admite luego ovejunamente la torpe excusa del mamarracho con apellido de rebequita de entretiempo. No temas, dulce rebaño, que en este país arder, lo que se dice arder, no arde hoy nada ni con viruta de pino.

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