En tránsito

eduardo / jordá

Miedo

DESDE la noche de los tiempos, los humanos hemos tenido miedo a la oscuridad, a los malos espíritus, a la enfermedad, a los dioses, a la crueldad de los poderosos, al trabajo físico, al dolor y por supuesto a la muerte. Pero ahora mismo, por vez primera en la historia, hay dos o tres generaciones de habitantes del mundo desarrollado que han nacido sin saber qué era el miedo, o que al menos han conseguido vivir sin sentir nada más que un miedo parcial y muy relativo. El miedo a la muerte perdura, por supuesto, y también el miedo a la enfermedad, pero de algún modo estamos en condiciones de enfrentarnos a la vida con unos niveles de protección que nunca antes se habían conocido. Y además, nuestros políticos llevan muchos años intentando convencernos de que no debíamos temer nada porque el Estado -es decir, ellos- siempre nos sacaría las castañas del fuego. Y de esta forma, muchos de nosotros nos hemos dejado engañar por la temeraria credulidad de que vivíamos en un mundo próspero y seguro en el que nunca nos podría pasar nada malo.

Pero esta sensación de invulnerabilidad ha desaparecido por completo desde que se inició la crisis económica y desde que el yihadismo ha empezado a actuar en Europa con una brutalidad sin precedentes. Sucesos como la masacre de Niza, que hasta hace unos años nos parecían inconcebibles, de repente han pasado a ser realidades que pueden repetirse en cualquier momento. Y de golpe nos hemos dado cuenta de que vivimos en un mundo mucho más incontrolable de lo que creíamos. Pero lo grave del asunto es que no estamos psicológicamente preparados para aceptar una emoción que hasta ahora nos parecía ajena y exótica. De hecho, no sabemos convivir con el miedo. Y nos va a costar mucho acostumbrarnos a él.

Por eso nos resulta tan fácil caer en el alarmismo y en la histeria. Cualquier ciudadano de Oriente Medio sabe que la realidad de la vida está hecha de cosas así: de miedo, de destrucción, de muerte. Pero nosotros no sabemos hacer frente a esta nueva realidad que de pronto se ha instalado entre nosotros. ¿Tendremos la sangre fría suficiente para enfrentarnos al miedo? ¿O nos dejaremos arrastrar por las reacciones infantiloides de una población que está demasiado acostumbrada a vivir sin conocer el peligro? Habrá que verlo. La supervivencia de eso que conocemos como Europa depende de la vía que tomemos.

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