HAY quien piensa que esta campaña electoral está siendo la más descafeinada y aburrida de los últimos lustros. No es exagerado, aunque tampoco resulta nada novedoso: el personal no está para tanto teatro cortesano teniendo encima una tragedia -la crisis económica- tan real y rotunda. Dicho de otra forma: ¿dónde está el problema? Si la campaña está resultando soporífera, nada tiene de raro. El ritual no da mucho más de sí. Todo es como en las clásicas crónicas futbolísticas: una previa eterna, generalmente insustancial, llena de lugares comunes, hasta que llega el día de autos, cuando los resultados acontecen y quitan y ponen rey. Punto y final. La hojarasca la ponemos nosotros, los periodistas. Nada tiene que ver en realidad con el fondo del asunto.

Toda la guerra se está limitando además a un argumento de corte secular: meter miedo. Tan antiguo como la humanidad. La táctica es asustar con males mayores en mitad del apocalipsis cotidiano. El PP alerta de que si no se opta por el cambio (Arenas) el futuro será negro como un pozo sin agua. Sería, según la argumentación de los reformistas, como avalar la corrupción, el pecado mortal, al diablo. Los socialistas, en cambio, agitan la bandera del temor de los pobres: si usted ha perdido el trabajo (cosa que puede ocurrirle de un día para otro gracias a la reforma laboral) ahora pueden empezar a pedirle dinero por la educación, la justicia, la sanidad y las recetas. No llegará a la jubilación si la derecha se alza con el poder autonómico. IU, el único minoritario con opciones de romper el bipartidismo, tiene su particular infierno perpetuo: el capitalismo, el sistema; como si el comunismo fuera el paraíso en la tierra. De estas tres opciones no hemos salido cuando se ha rebasado ya el ecuador de la campaña.

Hay quien está incluso escandalizado porque no se habla de Andalucía. Hubiera sido un milagro. Andalucía, en realidad, puede que no exista más allá de la geografía y la doctrina autonómica de las tres últimas décadas. Somos, como fuimos siempre, la prolongación histórica de Castilla antes de que nos volviéramos locos e inventásemos la inquisición (el miedo) y purgáramos a todo aquel que pensaba diferente. ¿Se ha hablado alguna vez de Andalucía en las anteriores convocatorias electorales? Nunca. ¿De qué nos extrañamos? Igual el miedo, silente pero latente, sea admitir que somos un espejismo autonómico.

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