Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

Miércoles

VEETEE a dormir... hay que tener humor para mandar los niños a la cama a las once menos cuarto de la noche. Cuatro alargó El hormiguero el miércoles hasta esa hora para que el inicio de Anatomía de Grey coincidiera con el descanso del partido de la selección. En la televisión comercial se pegan las peores costumbres. Si alguien emite fútbol, los demás no mueven ficha. El espectador es derrotado por la tacañería empresarial.

En esa noche en la que Juan Carlos Rivero se ponía insoportable intercalando promociones chirriantes (otra malísima costumbre) durante la narración del España-Italia, Telecinco deambulaba con Sin tetas no hay paraíso, serie que mientras paraliza su trama se ahoga en los modos de la más lánguida telenovela. Es lo que ocurre cuando uno se queda estático en el fango. El desesperante ritmo (o parálisis) de Yo soy Bea ha condenado a esta producción de Grundy al hundimiento. En este caso Telecinco más bien ha ordenado la explotación de la gallina de los huevos de oro que, exhausta, está pidiendo a gritos que la sacrifiquen de una vez. La fea, que hoy se suelta el pelo, se precipita hacia un final (ojo, spoiler: y puede ser un final efectivamente luctuoso, en lugar del azucarado y previsible del culebrón original).

El miércoles lo remató Buenafuente con el pavo Dustin y el Chikilicuatre en dúo invencible. Pura fábula. El insospechado filón del tupé ha generado ya ganancias millonarias en politonos y similares. Como ademán de maneras dignas, algunos despistados siguen rasgándose por esta representación española. Hace ya muchos años que Eurovisión dejó de ser cuestión de Estado y hace más de un decenio que se abandonaron las formas ortodoxas en el contubernio. Si Chikilicuatre es un (calculado) mamarracho sólo le hace daño a las costuras de la cartera de Buenafuente.

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