la ciudad y los días

Carlos Colón

Mírame tú, cómo vengo

ANTICIPANDO cincuenta días el fin del tiempo pascual como anticipa tres días la Resurrección que lo inicia, estaba la Esperanza en medio de su Basílica. Su paso, un bajel anclado en un inquieto mar de capas blancas por entre las que navegaban las plumas de los centuriones convertidos. Ardiendo ante Ella, las quietas lenguas de fuego del Espíritu Santo. Virgen en el cenáculo de Pentecostés rodeada por dos mil ochocientos apóstoles lujosamente vestidos por las mismas manos que la vistieron a Ella. Que no le bastó a Juan Manuel crear su saya, su paso, su corona y su manto: quiso que toda la cofradía, túnica de los nazarenos y uniforme de los armaos, fuera una sola y misma cosa, dos largas y prodigiosas maniguetas forradas de merino y terciopelo sobre las que se multiplican bordadas la tiara y el báculo de San Gil, el ancla de la Esperanza y la columna ardiente de los Basilios. Palios y mantos juanmanuelinos hay muchos; pero cofradía toda de Juan Manuel sólo una.

Llegaban los nazarenos desde San Gil a la basílica-cenáculo en la que la Esperanza presidía este Pentecostés anticipado, mojados, preocupados, no queriendo sus corazones pascalianos creer las razones que su razón les daba, espejeantes de aguas los terciopelos, sin vuelo y pesadas las capas; diciéndole con sus ojos a la Esperanza, cuando llegaban ante su paso encendido, lo que Alberti imaginó que le dijo Joselito cuando compareció ante Ella: "Virgen de la Macarena / mírame tú, cómo vengo, / tan sin sangre que ya tengo / blanca mi color morena". Y hablaban en corrillos, y llamaban a los nazarenos de palio para que les dijeran si veían llover a través de la ojiva de San Gil, y procuraban asomarse al hortus conclusus de los cirios verdes para ver desde el atrio como estaba la noche, y miraban con desconsuelo como las plumas de los armaos que entraban eran más cañón que barbas y plumón. Y la Macarena, quieta tras sus inmóviles lenguas de fuego pentecostales, parecía querer ampararlos a todos bajo su manto.

Pasó por fin lo temido. Y como lo decidieron quienes lo decidieron y lo dijo quien lo dijo, hubo resignación y respaldo, Padre Nuestro por los macarenos que están en el Cielo y una Salve cantada que allí, tanto hábito blanco rodeando tan protectora Madre, parecía la Virgen de las Cuevas de Zurbarán amparando bajo su manto a los cartujos.

Terminó la peor Semana Santa que se recuerde. Una Semana Santa sin Martes Santo es menos Semana Santa. Una Semana Santa sin Jueves y Viernes Santo es mucho menos Semana Santa. Y una Semana Santa sin Gran Poder, sin Macarena y sin Cachorro no es Semana Santa.

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