Por derecho

Martín Serrano

Mirar hacia arriba

EL pasado sábado se estableció un eje cofradiero entre la ateneísta calle Laraña y la cívica Plaza de San Francisco, unidas a través de Sierpes, por mor de tres excelentes exposiciones sobre el patrimonio de otras tantas señeras hermandades sevillanas. El paso del Señor del Gran Poder resplandecía como nunca en el patio de la vieja Audiencia y el conjunto de palio e insignias de la cofradía universitaria brillaba refulgente con su densa propuesta artística y pastoral en las salas del Círculo Mercantil. Del origen del Santo Entierro puedo decir menos porque cuando llegué no se permitía ya el acceso a las dependencias de la docta casa, que, todavía abiertas, dejaban ver indicios del valor de lo que allí se exponía.

En uno de estos lugares me encontré con dos amigos: el uno, colega académico; el otro, viejo compañero de armas cofradieras, que abandonó la primera línea para dedicarse a tareas formativas en un movimiento de apostolado laical. Recordamos lejanos tiempos y nuestra visión compartida sobre lo que deberían ser las hermandades -¿qué sevillano no la tiene en relación con el particular, para conservarlas, para transformarlas o para destruirlas?- Surgió el tema del desencanto por la deriva general del mundo de las cofradías durante los últimos años. Comentaba uno de nosotros que los ensayos de costaleros de algunas hermandades congregan más público que muchas procesiones de gloria. En nuestros días se mira más hacia abajo que hacia arriba. Y sin embargo aquí estamos los tres, concluyó otro. Y eran verdad las dos cosas. En un fenómeno tan complejo y poliédrico como éste, existe un lugar para casi todo enfoque y sensibilidad. Pero la armonía del conjunto exige mantener la proporción de las partes que lo componen. Las cofradías existen para dar culto, para rezar y para transmitir la fe. Si los sentimientos, la nostalgia o el placer estético opacan su raíz y su naturaleza hasta agotarlas, tarde o temprano descubriremos que nos ha cautivado un trampantojo.

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