El poliedro

Misterios orientales de andar por casa

Cada vez compramos más en los conocidos como 'chinos', sin reparar en otro criterio que el precio

QUIZÁ a usted también le sorprenda cómo, casi de un año para otro, los establecimientos de inmigrantes chinos -"lo compré en el chino"- abundan y se enseñorean por los polígonos y barrios de cualquier nivel de renta de su ciudad, y que ocupen sin problemas financieros grandes locales en sitios en los que el metro cuadrado es caro.

También quizá le sorprenda la flexibilidad municipal con sus horarios, los controles sanitarios también relajados que reciben y la gama de alimentos, servicios y productos de cualquier tipo que ofrecen. Y, sobre todo, los precios que cobran por ellos, que hace que el comerciante tradicional no pueda estar a la altura de ninguna manera. Aparte del milagro financiero que suponen dichas tiendas, y aparte del hecho de que deba por fuerza existir una supraorganización invisible que riegue con dinero líquido esta expansión china, las causas del surgimiento de este competidor comercial implacable hay que buscarlas en la propia China.

El chino-tipo no gasta. No es una impresión que uno tenga: sus niveles de consumo son bajísimos y es éste precisamente uno de los talones de Aquiles de su economía que, al ser básicamente inversora y exportadora, se resiente por la atonía importadora de sus principales países clientes. Sus salarios también son muy bajos. La protección y lo que aquí llamamos salud laboral son asimismo precarias. Todo ello tiene mucho que ver con su competitividad, es de cajón. El salario de los trabajadores de base que migran de las zonas rurales para trabajar en las zonas más prósperas chinas es de unos 150 euros al mes. En esas ciudades que más crecen (con su inmensa burbuja inmobiliaria hinchándose sin parar), la mano de obra es escasa, por lo que hay que deducir que ese salario -aquí inconcebible- es alto. China no se plantea ni respeta política de sostenibilidad alguna. Todo eso hace que sus productos sean muy baratos para niveles de calidad similares a los nuestros. Ah, y China es muy productiva: desde 1995 a 2005, sus costes laborales se triplicaron, pero la producción por persona ¡se quintuplicó! Si a todo ello unimos que somos consumidores racionales y no reparamos en la trazabilidad de los productos (qué edad tienen las manos que fabrican sus componentes y los ensamblan, en qué condiciones trabajan) ni en el compromiso social o ambiental de los fabricantes de las cosas que compramos, voilà el cóctel de éxito de la economía china… y de sus tiendas, que proliferan.

Pero el crecimiento lleva implícitas la reclamación y la contestación, la exigencia de una mayor porción para el empleado en el creciente pastel. Más aun si, como decimos, la mano de obra es escasa, por mucho que haya bolsas de potenciales migrantes rurales. China tiene un índice de natalidad muy bajo y su población no es joven: otro freno potencial al crecimiento sostenido a medio plazo. Los chinos de a pie, que ven el oropel occidentalizante en las calles de Shanghai o en la televisión que se generaliza, quieren más. Aunque repletos de temor por la autoridad, se han criado en el colectivismo. Y no quieren seguir "comiéndose el amargor", según una expresión suya.

En fin, es la libre competencia: o la asumes, o reniegas de ella. Visto así, los productos baratos chinos ahorran dinero a los hogares españoles, y son benéficos -"letales", dirá quizá un comerciante local- para la competencia, pues presionan a los precios hacia abajo. No es de recibo fustigar por su origen a quien, legalmente, quiere establecerse y prosperar fuera de su país. Pero debe quedar claro de dónde vienen los dineros para empezar a emprender negocios con una inversión elevada. Por el bien de la competencia, también. ¿O será verdad aquello que se decía de que todos los españoles acabaremos siendo camareros y albañiles (?)… que se abastecen en tiendas de chinos?

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