La tribuna

Ana Laura Cabezuelo Arenas

Monstruosamente, padres

EN algún sitio leí una vez "Se necesita licencia para conducir, se necesita permiso para tener un arma, pero cualquier (a) imbécil puede ser padre o madre". Rescato las palabras que ya utilicé en otro artículo ("engendrar y parir no son sinónimo de una maternidad asumida", sentencia de la Audiencia de Badajoz de 19 de febrero de 2003). Desde luego. Engendrar con una hija que permanece en un zulo y amenazar con gasearla si no accedía a sus pretensiones poco tiene que ver con el papel protector que ha de desempeñar un progenitor. En cuanto a silenciar los abusos sexuales cometidos durante años contra una hija, casa mal con el amoroso cometido que se presume en una madre.

Casos como éste me hacen cuestionar si aquello tan primitivo de "la fuerza de la sangre" no debería dejar paso en nuestras mentes a aquello otro de "la fuerza del cariño". Qué duda cabe que en nuestras vidas hallaremos más amor en amigos y desconocidos que encontremos en el camino que en las personas con las que nos criamos. Y que la felicidad de un menor se cimentará en apartarse de degenerados que corrompieron su niñez siendo entregado en adopción a quienes se desvivan por él, aunque no compartan su código genético.

Al margen de las responsabilidades penales en que se incurriría con conductas como las que contemplamos, nuestro Código Civil considera "indignos" a los padres que "abandonaren, prostituyeren o corrompieren a sus hijos" (art.756. 1 CC), lo que les excluye del derecho a participar en la sucesión o herencia de estos últimos, por la intrínseca inmoralidad de aquellos actos, con los que incumplen el deber de velar por sus hijos y dispensarles protección (art.154 CC), y de lo que podría derivar la privación de la patria potestad (art.170 CC).

Contrasta con lo anterior la figura del padre de la pequeña Mari Luz, recogiendo firmas orientadas a una intensificación del castigo de los pederastas. Desde nuestra perspectiva, y dicho sea con todos los respetos, la reacción esperada de un gitano ante la muerte espantosa de una criatura de su familia habría sido muy distinta. La opinión pública quizá pensaría en una venganza sangrienta que, por qué no decirlo, acaso el más payo de los españoles habría protagonizado de haber sufrido en uno de los suyos el drama que ha experimentado este señor.

La reacción, sin embargo, ha sido diametralmente opuesta a la que se asocia con su etnia, desde el enfoque de los prejuicios que nos invaden. Ha sido pausada, pero cargada de la razón de quien, como ciudadano, teme experimentar la decepción que se deriva del trato indulgente o excesivamente benévolo que dispensan nuestras leyes a muchos delincuentes. De lo que se deriva una sensación de impunidad que acaba anidando en la opinión pública. Se propone evitar este padre, si se nos permite la expresión, que, de resultar probado que el acusado cometió del delito, entre en presidio por una puerta y salga, a la nada, por otra.

En las Aulas de una Facultad de Derecho se nos inculcó que la pena impuesta al delincuente no ha de concebirse a modo de venganza de la sociedad hacia el culpable y que su cumplimiento en un establecimiento penitenciario va orientado a una reinserción. Entendíamos que la experiencia de Eleuterio Sánchez, El Lute, era paradigmática: un delincuente sin instrucción, tras su paso por la cárcel, pasó a convertirse en un universitario culto, arrepentido de su pasado, con un futuro que se abría ante él.

Pero el ciudadano se asombra en nuestros días al contemplar que, tras haber cometido delitos graves, que suscitaron alarma social, alguien pueda permanecer dos o tres años en prisión y se vea al cabo de los mismos prácticamente en la calle, perpetrando en algunos casos los mismos delitos que le llevaron a estar entre rejas.

El esfuerzo de este padre, movido, obviamente, por su deseo de que el crimen de su hija no quede sin castigo, quizá sea la primera piedra para tocar las conciencias de quienes perciben que algunas penas deberían ser endurecidas. Sin pronunciarme a favor o en contra de la cadena perpetua, sí estimo que algunas conductas (conducción temeraria, abusos sexuales a menores, terrorismo) debieran ser duramente reprendidas. De lo contrario, la sociedad acabará por tener la impresión de que no se protege al débil, sino que se deja inerme a la víctima frente a su verdugo, para que en lo sucesivo siga aniquilando a otros con la certeza de que el castigo, si recae, será nimio.

Lo que no cabe cuestionar, si retomamos la sentencia con la que empezamos esta reflexión, es que el progenitor de Mari Luz se ganó el título de padre. El austriaco del que se habla estos días, fue sólo un monstruo que se dedicó a engendrar.

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