La Noria

Montaña rusa: tramo de descenso

La crisis económica muestra los dientes en Sevilla tras un año en el que el crecimiento no había sido malo. Los expertos auguran recesión, un desempleo que crecerá desde el 16% y una caída de la inversión en 2009

EL PRESIDENTE de los empresarios, Antonio Galadí, sostiene que en Sevilla trabajan pocas personas y, en general, con muy escasa intensidad. Uno siempre ha creído algo parecido, pero con algunos matices. Esto es: que algunos trabajan en exceso mientras otros viven felices al no tener que sufrir la secular condena bíblica de laborar día, tarde y noche para sostener su propia existencia. Propiamente dicha, la cuestión no parece ser tanto de intensidad como de reparto de los esfuerzos. Unos mucho. Otros, nada o casi nada.

Claro que para que se trabaje con entusiasmo, además de ganas, tiene que existir un lugar donde poder hacerlo en unas condiciones mínimas. Un mercado laboral con competencia, donde los trabajadores y empresarios puedan elegir dónde asentarse y aportar lo mejor de su talento. ¿Existe esto en Sevilla? Las palabras del responsable de la patronal provincial, en cualquier caso, se apoyan en una lectura parcial de un frío dato estadístico: el índice de incapacitados permanentes, que, al decir de los expertos, aquí es superior al existente en otros lares. Tal singularidad se utiliza como argumento de carga para una especie de juicio moral. La Junta y los sindicatos han replicado sobre esta cuestión que la situación, más que a la picaresca (la Seguridad Social inspecciona dichos expedientes) o al fraude, tan sureño, se debe a la falta de atención de los empresarios sobre las condiciones generales del trabajo. Es cierto que en Sevilla hay más incapacitados que en otros lugares, pero -dicen- no es por voluntad de los empleados, sino por los accidentes que se producen en el mundo laboral.

Sea como fuere, lo preocupante sobre el porvenir inmediato no es tanto dicha polémica, interesada y escenario de la vieja lucha (afortunadamente, ya retórica) de clases, sino el negro diagnóstico de futuro que augura el informe socioeconómico que todos los años encargan la CES y la Cámara de Comercio de Sevilla, presentado casualmente en esta semana extraña en la que algunos clásicos del paisanaje local se tambalean tanto en las sillas de la jerarquía eclesiástica, referente para algunos, como en los pasillos y salas de la universidad o la justicia, herida por distintos costados a raíz del caso del juez Tirado. Los magistrados de todas las salas anuncian plantes por la falta de medios. Los estudiantes de la Hispalense y la Olavide salen estos días a la calle para dos cosas: escuchar al profesor John Elliott, insigne hispanista (un lujo momentáneo para la ciudad), y oponerse a una reforma (el llamado proceso de Bolonia) que los hará estudiar mucho menos y bastante peor. Todo anda bastante revuelto. Se avecina tormenta. Si es que no ha llegado ya.

El panorama no es demasiado hermoso. Así lo constatan los gurús cercanos: después de un año en el que Sevilla no había registrado malos índices de crecimiento económico, todo indica que la desaceleración se asentará en la ciudad, al igual que en casi todo Occidente. Y lo peor: parece que llega con intención de quedarse durante una temporada. Con vocación de permanecer aquí.

manifiesto desastre

Los primeros resultados ya están en los juzgados: los conflictos laborales están creciendo exponencialmente. Otros dramas,llamativamente humanos, han pasado a ser materia de índole administrativa: el desempleo, que está ahora cercano al 16% en Sevilla, subirá en los proximos meses si nadie lo remedia. El estudio de la patronal no se atreve a pronosticar hasta cuánto. Los menos optimistas hablan de cifras cercanas al 25%. Se acercan las Navidades. Pero no parece haber demasiado que celebrar. Salvo que alguno se atreva a brindar por el manifiesto desastre que se nos viene encima.

El sector de la construcción ha caído en Sevilla en un agujero negro, al igual que el del motor. Además, no hay sustitutos cercanos a la vista. Los bancos piden en secreto ayudas al Gobierno con las que poder camuflar sus excesos. Y la administración pública, que en Sevilla tiene hasta cuatro niveles distintos, parece haber tirado la toalla, presa de su propia endogamia. Uno de los datos más llamativos del informe socioeconómico de la CES es el déficit acumulado de inversión que sufre la provincia sevillana. En los últimos siete años este desfase ronda los 5.000 millones de euros. En apenas unos meses, constata el citado estudio, la licitación pública se ha retraído un 30%. En los años previos a esta crisis del sistema, los responsables públicos, que manejan el dinero fundamentalmente con la vocación cierta de mantenerse el poder (ya se sabe que mandar implica hacer grandes gastos), no apostaron por Sevilla. Y, con la recesión en puertas, no parecen que puedan hacerlo tampoco los privados. Sin inversión no es posible el desarrollo. El resultado es la sopa fría en la que nos encontramos. La economía especulativa enseña su cara menos radiante tras años de un aparente glamour que algunos estimaron que podría ser eterno. ¿Acaso hay algo que dure para siempre? Una cosa está clara: las montañas rusas tienen tramos de bajada. ¿Nos caeremos del tren?

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