En tránsito

Eduardo Jordá

Montar un belén

ESTE fin de semana, mi mujer y mis hijos montaron el belén. Fue una tarea dura. Hubo que buscar las bolsas donde cada año guardan las figuritas, desenvolver los paquetes de corcho, abrir los saquitos de musgo y buscar los rollos de papel azul con las estrellas de purpurina. Y luego, una vez que todo estuvo colocado en su sitio, hubo que poner las nuevas compras de este año (un carro de heno, una casita con un porche en el que alguien ha tenido la ropa). Entre una cosa y otra, mi mujer y mis hijos estuvieron dedicando dos horas de sus vidas a montar el belén, cosa que en estos tiempos acelerados equivale a dos días en la vida de nuestros abuelos. Pero eso es lo bueno que tiene montar un belén (cuando no se trata de formar un escándalo, sino de instalar un nacimiento con sus reyes magos y sus pastores y sus soldados romanos). En una sociedad hiperactiva -es decir, incapaz de fijar su atención en una misma cosa durante más de un segundo-, un belén nos obliga a recordar que hay cosas que nos exigen una dedicación y una continuidad y un orden.

Y además, un belén representa el mundo tal como fue durante una gran parte de la historia de la humanidad, al menos hasta que empezó el siglo XX, que cambió por completo la fisonomía de la vida rural. Un belén muestra un paisaje que puede ser del siglo I o del siglo XIX, y que aún sigue siendo del siglo XXI en muchos lugares del Tercer Mundo: en el Marruecos rural, por ejemplo, o en el delta del Nilo, y en el que los elementos naturales -el agua, la tierra, el fuego- todavía son los protagonistas de la vida. Y no conviene olvidar que un pozo, un corral con cabras o una montaña por la que pastan las ovejas son cosas muy extrañas para un niño actual, ya que pertenecen al catálogo de los universos paralelos de Matrix o son mucho más difíciles de ver que un coche de carreras o que una Playstation.

Es cierto que mucha gente considera que el belén es una tradición rancia o cursi o pasada de moda. Nada más falso que esta superstición. Hoy por hoy, si queremos hacer algo realmente subversivo o trasgresor (y uso la terminología que aún está de moda entre ciertos círculos), no hay nada más desobediente e indócil que colocar unos cuantos pastores de barro frente a un establo donde hay un niño en un pesebre. En una sociedad que exalta la fealdad y la velocidad y el despilfarro (¿hay algo más horroroso que un Ferrari o que unas gafas de sol de Dolce & Gabbana?), la carreta de heno o el puente por el que pasa el camello del rey son una afrenta a todas las imposiciones modernas. Y nadie debe olvidar que en los belenes también hay un castillo de Herodes con sus soldados y sus sacerdotes. Y es allí, frente a la entrada principal del castillo, bajo la severa mirada del vigilante, donde mi hijo coloca al cagón.

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