Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Morante se ligó a Sevilla

REMATADO el rito de Tauro en el primer templo, ese tabernáculo que se ubica en el Paseo de Colón, apagados los farolillos y en pleno día después de una Feria para el recuerdo, cuando ya la crisis dejó el aparcamiento ferial para galopar desbocadamente por nuestros propios dramas personales, lo más espectacular es que Sevilla se ha echado un nuevo novio torero. Acongojada desde aquella noche de otoño del 2000 en que su pareja de casi medio siglo tarifó, la tarde del 28 de abril de 2009 debe figurar de inmediato grabada por dentro en el anillo que oficializa el noviazgo entre Sevilla y Morante, un torero de La Puebla del Río que torea como los ángeles y que esa tarde toreó como Dios. Un tipo con sus rarezas y que tras un tiempo en que se desencontraba consigo mismo ha logrado convencer a Sevilla para que lo quiera como otrora quiso a otros.

Ser torero de Sevilla lo han conseguido muchos toreros a lo largo del tiempo, pero muy pocos han sido los que han tenido el gozo de ser el torero de Sevilla. Ser el torero de Sevilla es un privilegio que para el agraciado debe ser motivo de orgullo, que son muchos los llamados en esta Sevilla tan torera y muy pocos los elegidos por una Sevilla que es como una mujer muy difícil, pero que cuando se abre cuesta trabajo volverla a cerrar. Y el martes, primer día de farolillos para lo que guste mandar, José Antonio Morante embelesó a todos con lo que fue capaz de labrar con Señorito, un toro de Juan Pedro que no daba pie a la esperanza, y embaucó hasta que él quiera a la gente de su tierra, de esta Sevilla cicatera casi siempre, pero que cuando se entrega lo hace con más generosidad que ninguna otra novia. No hubo orejas porque los aceros no estuvieron a la altura de las telas y, curioso, no hubo música para la gran obra de este orfebre en el bastidor de la Maestranza.

Fue como la música callada del toreo según Morante de la Puebla, una melodía con la letra del torero y la banda sonora de unos oles de verdad. Al colosal José y al genial Juan iba a suceder Chicuelo como agraciado por los favores de Sevilla. Luego llegaría Pepe Luis como continuador de lo que el de la Alameda significó en la Maestranza. Era la continuidad del toreo según los cánones hispalenses y, tras un lustro largo retirado el de San Bernardo, apareció un novillero de Camas que parecía la reencarnación del mayestático Antonio Fuentes. Lo de Curro duró más que nada y aún sigue Sevilla venerándolo. Pero venera el pasado y ya ha amanecido el presente. Fue el martes de Feria, quién sabe si como lenitivo para la crisis que sufrimos, cuando Sevilla se dijo ya está bien de guardar ausencias para entregarse a este José Antonio Morante, también como Curro, de la margen derecha y que torea como Dios.

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