DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Mosquito

DEL insecto ya hablaremos en verano. Hoy lo haré de la alarma llamada The mosquito. Emite un pitido muy desagradable, pero con una frecuencia de 17,4 kilohertzios que sólo molesta a los adolescentes. A partir de los treinta años el oído humano no percibe más que hasta los 17 kilohertzios. Su utilidad consiste en que bastan cinco minutos de exposición a ese sonido para dispersar a todos los jóvenes de los alrededores. Previene así actos de vandalismo o botellones. Los comerciantes de los barrios más conflictivos de Inglaterra están encantados, y han comprado los mosquitos por miles. También se comercializa en Francia, Bélgica y Holanda.

Una madre belga lo ha denunciado porque produce dolores de cabeza a su hijo, que tiene que esperar al autobús cerca de uno. El gobierno inglés, en cambio, respalda su uso como mecanismo preventivo. Ya veremos qué deciden los tribunales, pero mientras tanto nosotros podemos ir sacando algunas conclusiones. La primera, melancólica, es que esos 17 kilohertzios no los volvemos a oír más, ay.

Después, sorprende la existencia misma de la cosa. Quiero decir, que haya habido un tipo (Howard Stapleton) que la invente, una empresa (Compound Security Systems) que la produzca y unos comerciantes y vecinos que la compren e instalen. Si sumamos los esfuerzos que han hecho realidad algo que suena (nunca mejor dicho) a novela de Aldous Huxley, comprenderemos hasta qué punto deben de resultar desesperantes las gamberradas juveniles. No extraña que hayan puesto a los aparatos el nombre de una plaga: mosquitos.

La existencia del invento pone en evidencia a los hooligans, sí, pero también a nosotros. Puede verse como otro símbolo más de una sociedad caprichosa y blanda, que concibe con cuentagotas sólo a los bebés que desea, y que no concibe que esos bebés, cuando crecen y además son de otros, vengan a dar la lata. Entonces se los quita de encima como puede.

El mosquito debería hacer saltar todas las alarmas, porque, aunque no lo oigamos, avisa de un entreguismo grave: la renuncia a educar. A la sociedad le basta con que molesten en otro sitio. En los centros educativos, por ejemplo, que se están convirtiendo en guarderías de adolescentes.

Los adolescentes, por su parte, en vez de picarse en su orgullo y demostrar que ellos no son ni insoportables ni irresponsables, han encontrado otra utilidad al mosquitono. Con él, reciben avisos en sus móviles sin que los profesores los oigan. Por lo visto, se parten de risa. Lo del mosquito no es un síntoma menor. De esta historia a mí -menos los oídos- me pica todo… No sabe uno por dónde empezar a rascarse.

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