Coge el dinero y corre

fede / durán

Muerte de un espíritu

AL alma occidental se le ha endosado frecuentemente un tinte prometeico: el apego a lo material y la obsesión por la acumulación de poder son el motor de toda existencia. Sólo hace falta echar un vistazo a las tiendas de Apple en vísperas del último gadget. O al español medio precrisis: hipoteca, coche, televisor de cuarenta y dos pulgadas y aspiraciones más o menos inminentes de segunda residencia costera vía refinanciación de su roncha. Eso explica muchas cosas: que la deuda privada equivalga en el país al 200% del PIB, por ejemplo. O que el progreso de consumo se base esencialmente en el aire.

El oriental, por su pasado de seda, especias, templos y sutilezas, o quizás por la fecunda imaginación del occidental cuando escribe de lo remoto, ha caminado a ojos de Europa movido por un impulso diferente: la búsqueda del destino propio. ¿Eslavos, turcos, chinos y mongoles unidos por un invisible hilo trascendental? Rusia y China, Singapur e Indonesia, Corea y Japón nos sirven hoy para rebatir esa tesis, defendida entre otros por el irrepetible Sándor Marai (la defendía cuando vivía, claro, y lo que vivió se parece poco a la foto actual).

El capitalismo ya es universal, no entiende de fronteras. Las finanzas controlan el mundo muy por encima de las ideas, que no dejan de ser aliños más o menos terapéuticos o peligrosos: en unos casos procuran compensar (tímidamente) el desequilibrio automático generado por las grandes corporaciones y en otros decantan hasta extremos groseros el reparto de la riqueza (es el caso de las dictaduras de diversa gradación; de los regímenes alucinógenos). El croquis lo tienen en las Confesiones de un Gángster Económico de John Perkins.

Es más que factible que en el enorme corazón chino latan todavía reminiscencias de espiritualidad. Pero hablamos de Pekín y Shanghai, de la próxima primera economía mundial, del indisimulado acaparamiento de riquezas de la élite ¿comunista? y del surgimiento de una clase media incluso más depredadora que la de Estados Unidos. Tampoco es descabellado -no lo es en absoluto- que Rusia aún cobije versiones contemporáneas del soldado Iván, que aún críe a desarrapados y alienados, pero ellos son la caterva del sótano de un rascacielos donde viven los oligarcas amigos de Putin y otra pujante y musculosa clase media que conquista plazas turísticas en Vietnam, Emiratos Árabes Unidos, España, Egipto o Alemania. Japón y Corea no ofrecen mejor perspectiva para las almas. Cierto, uno puede perderse por las calles de Nippori y atisbar la huella de sus más hondas interioridades, pero a escasos kilómetros se topará con Shibuya o la hipergaláctica Ginza, donde centellearán los neones, rugirán los deportivos y crepitarán las phablets.

A Occidente y Oriente los ha homogeneizado por primera vez en la Historia un intangible genéticamente superior al espíritu: el dinero. Lo más honesto, entonces, sería admitir al fin, desde la tribuna de los sanedrines pertinentes, que el espíritu ha muerto para siempre. Si es que alguna vez existió.

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