Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Muertes

UN par de niñatos que les dio por esnifar hormigas rojas y se les bloqueó la tráquea, un tipo que al huir de la policía se metió por una cañería donde le devoraron las ratas, una coqueta a la que le aplicaron silicona de los fontaneros para alzarle las cachas, una borracha que al caer del cortacésped que conducía quedó hecha un tartar bajo las cuchillas. Muertes tan absurdas como horripilantes, con un escarmiento de designio divino. Todo muy de moraleja integrista, estilo Jesusland, para gente impresionable. Bienvenidos a 1.000 maneras de morir, una serie documental, o lo que sea, que se extiende por la programación de Nitro, sobre todo en las noches insomnes, y un puñado de canales de pago.

Esta docu-ficción norteamericana (del desconocido canal SpikeTV), con dramatizaciones dignas de una teletienda de bote de baba de caracol, sonríe a la muerte, de ahí el morbo que despierta al más desganado espectador, como un cuento de terror. Ya se rieron de ellos en programas como No le digas a mamá…Una televisión que se pone la linterna debajo de la barbilla, como le gusta a ese monumento nacional de lo sobrenatural, Íker Jiménez, y que indaga por todas las crónicas de sucesos para confeccionar la lista de fallecimientos más surrealista de la TDT. Suelen arrancar con un cebo de guasa, desarrollan un nudo que tiende hacia las telecomedias de los 80 y rematan con un rápido desenlace que suele dejar al protagonista infartado o troceado por hacer el tonto. 1.000 maneras de morir tiene por ahora 4 temporadas y muchas reposiciones como Los Simpson. Siempre es garantía de marcharse a la cama con algo de incomodidad, en lugar de contemplar a los tahúres paranormales del resto de la competencia. Las verdaderas historias para no dormir son las que nos cuentan a lo largo del día.

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