La ciudad y los días

Carlos Colón

Nacida de la ciudad y sus días

DESDE fuera es imposible comprender. Desde fuera, sin participación emocional, sin voluntad de aprender, y por ello sin posibilidad de comprender, la música de Bach aburre y la de Messiaen duerme, las películas de Ozu parecen todas iguales y las de Dreyer plúmbeas, las novelas de Conrad enrevesadas y la de Proust interminable. Desde fuera, sin participación emocional, sin voluntad de aprender, y por ello sin posibilidad de comprender, la Semana Santa que estos días llena de vacíos las calles y de nostalgias las memorias es una fiesta que irrumpe como una tromba de ruidos, multitudes y excesos alterando la vida ciudadana, dejando las calles cubiertas de basura, los suelos manchados de cera y a quienes no participan en ella cabreados por las incomodidades que causa o los valores (para ellos antivalores) que representa y las creencias (para ellos supersticiones) que convoca.

Es que, de una parte, toda fiesta exige una participación emocional más intensa aún que la necesaria para la experiencia del arte; eso que el sociólogo Jean Duvignaud -que tan excelentes obras dedicó a las experiencias del arte y la fiesta- llamó adhesión, y que "no es admitir una ideología, sino entrar en un ser colectivo y desarrollar en sí una segunda naturaleza". Entonces "la fiesta, efímera, rompe a veces el curso de una historia y engendra semillas de ideas y deseos, hasta ese momento desconocidos, que muchas veces le sobreviven". Para Duvignaud la fiesta es como un alto en el andar de la vida: "Allí se detiene la caravana que se desbrida y descansa. La invade entonces la fantasía de la música y el canto, como si el arte fuera el territorio en que, por un momento, el nomadismo humano se detuviera a soñar".

De otra parte esta fiesta concreta a la que llamamos Semana Santa, tal vez porque su raíz es la celebración de la pasión y la muerte de un Dios hecho hombre vistas a la luz de su resurrección, tiene la singularidad de fundir lo cotidiano y lo excepcional -el deambular y la parada de la caravana- como lo divino y lo humano se funden en Jesús Nazareno. Las calles por las que discurren las cofradías se transfiguran sin dejar de ser las mismas por las que pasamos todos los días; las imágenes que son llevadas por ellas sobre los pasos son distintas y a la vez las mismas que los devotos visitan todo el año en sus iglesias. La emoción nace como culminación de lo vivido cada día del año, mientras la ciudad y los días adquieren un espesor emocional mayor gracias a lo vivido esa semana. No se reanuda la marcha, tras esta parada de la caravana de la vida, como si nada hubiera pasado.

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