RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Nadal y la pantera

SE reinventa Nadal su propia furia anímica, esa constatación de que la arena salpica la justeza aplicada del drive. Vuelve a gestar Rafael Nadal en Sevilla un contrapicado de su origen, cuando también debutó en la Copa Davis y enseñó al mundo, por primera vez, su melena hondeando un poco al estilo chiricagua y sus maneras duras, vibrantes, de héroe intacto en la conciencia colectiva. Necesitaba Nadal un punto final como el de ayer, esa voluntad de hacer mandar su juego sobre el juego tan noble del rival, un Del Potro que pudo haber ganado y al final se dejó arrollar por él. La historia de este hombre está curtida por episodios no muy distintos a este mismo: Nadal empieza perdiendo, con las piernas estáticas y los golpes secos sobre la bola, con una especie de timidez tenística que es un poco la antítesis del descaro radiante de su juego extendido, una especie de raro salvajismo cívico bajo piel de pantera, que cantara Javier Álvarez.

Rafa Nadal tiene puño de pantera agazapada, que sabe esperar, lenta, una plenitud de su momento. Quizá, en los últimos meses, hemos echado en falta una tarde como la de ayer, un Rafa Nadal que pudiera llevar, de nuevo y con más brío, ese peso latente que es la atención pura de un país y convertirla luego en una buena noticia.

Rafa Nadal lleva mucho tiendo siendo algo más que una buena noticia. En un mundo cambiante, con la portada de las novedades convertida en la repetición de la misma sangría, de una mediocridad exacta y paralela en todas las facciones del asunto, con el mismo saqueo de la arca pública por parte de los timadores que nos llevaron a la crisis y también sus presuntos salvadores, que al final resultan ser los mismos, asistir a un partido de tenis de Nadal tiene algo de catarsis colectiva, una especie de purificación salvífica que nos hace olvidar, por un instante, la medianía de la realidad. Es como si Nadal, con cada golpe alzado hacia ese mismo cielo que luego mira siempre, tras ganar, con los ojos y los puños cerrados, izados a lo alto de sí mismo, hubiera decidido aportar su coraje minucioso como una suerte de cimiento mínimo para recuperar la moral patria.

Quizá no está en su mejor momento, como aseguran muchos de sus críticos. Pero quién lo está en estos momentos, quién puede decir que no ha visto mañana más clara que ésta misma. En el deporte, como en tantos otros órdenes vitales, es hermoso asistir al nacimiento de nuevos campeones y de una expectación, sí; pero también presenciar el lento declinar que es anticipación del desenlace. Rafa Nadal no está todavía en ese decaimiento, y se resistirá, como ayer, cuando se adormezca su pantera. Será el mejor partido, y el más crepuscular.

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