la tribuna

José Eduardo Muñoz Negro

¿Navidad también en política?

HAY que prepararse para la Navidad, para las buenas noticias que irrumpen en nuestras vidas. Esta última supone la irrupción de la hermenéutica del nacimiento en nuestras vidas frente a la crisis que aparece como un negativo y recurrente mantra que amenaza con situarnos en una situación de estancamiento en la que no hay nada nuevo bajo el sol. Hermenéuticas de nacimiento frente a hermenéuticas de muerte. Porque la crisis lo devora todo.

Se habla de ella como de una crisis de confianza. ¿De confianza en qué? ¿En el In God we trust de los billetes de dólar, en la salvación del euro, en la austeridad presupuestaria…? ¿Cómo lograr una confianza que merezca confianza? El creyente en Dios considera que lo que estamos viviendo no es lo definitivo, sino que el Espíritu de Dios se sigue haciendo presente en la historia. El Dios de la historia sigue naciendo en nosotros. Sólo que tal vez lo buscamos donde no puede estar, miramos al lugar erróneo. Lo buscamos en lugares sacros y bien hallados, cuando resulta que el Espíritu sopla donde quiere y no donde nosotros lo esperamos.

Estamos acostumbrados a escuchar una hermenéutica de muerte cuando se habla de crisis de valores y espiritual. Amenazas de castigos divinos o financieros, en forma de enfermedad -el sida como castigo divino- o como sanciones financieras a aquellos que se han portado mal. No hay salvación en esos diagnósticos, sólo líneas divisorias entre buenos y malos. Culpas que hay que expiar, por haberse alejado de algún tipo de ortodoxia, religiosa, política o financiera. Discursos conservadores dedicados a crear buena conciencia en aquellos que se sienten predestinados a la salvación, a los llamados a entrar en el reino de los cielos, o en el del euro. Sólo mediante sacrificios y recortes es posible recuperar la confianza de los mercados, de los nuevos dioses. Mientras tanto la jerarquía eclesiástica puede seguir hablando de crisis de valores y de descristianización, ajena al verdadero curso de la historia. La realidad y el discurso eclesiástico como dos líneas paralelas que nunca se entremezclan ni se penetran pero que chocan violentamente de vez en cuando.

Y sin embargo, el Espíritu se mueve. Sigue aconteciendo en nuestras vidas, y lo hace de una manera laica, fuera de nuestras iglesias convertidas en museos. Porque tanto como Jesús como el cristianismo son laicos y el Espirítu de Dios sigue soplando donde quiere, ajeno a la secularización y a la esclerosis de las iglesias cristianas. Y se manifiesta en gente que quiere democratizar la democracia o que detiene desahucios porque cree en una justicia superior. Sin bendecir ni convertir en santos a nadie, porque el trigo y la cizaña crecen juntos. Y porque no se trata de "cristianizar" a nadie a estas alturas.

Pero hay cosas nuevas bajo el sol, y la mirada creyente descubre nuevos lugares de nacimiento, ahí donde otros sólo ven la dialéctica de la materia. Una materia que nos invita a sumergirnos, a adentrarnos en el río de lo real, a fundirnos con ella, a descubrir ahí la entraña de la esperanza más auténtica y genuina. Y una vez más, la historia se repite, pero para bien, la esperanza no nace donde los poderosos lo esperan. Pero nosotros no estamos preparados para entenderlo, porque no miramos a donde hay que mirar. Dios a su bola y nosotros a la nuestra. Seguimos sin enterarnos de que los últimos son los preferidos de Dios y que el criterio de veracidad son los hechos, no las palabras. "Por sus hechos los conoceréis".

Afortunadamente, hay quien sigue la estela del nazareno, indignándose con los mercaderes del templo. Aunque los indignados de hoy no se reconozcan en el Indignado de entonces, probablemente porque después de tantos siglos de incoherencia, del polvo acumulado, toneladas de naftalina piadosa y caspa teológica, cuesta mucho reconocerlo en lo que se supone que tenía que ser quien le hiciera visible, la Iglesia en su conjunto. Pero lo importante es seguir indignándose ante la injusticia, sea en nombre de quien sea. El Espíritu de Dios no es como los políticos que tienen que chupar cámara como sea, y perpetuarse en el poder al precio que sea. Por y para nuestro bien, Dios cede sus derechos de imagen.

Un Espíritu que es crítico, porque cree en la igual dignidad de las personas y por eso pide una democracia real ya, porque no se conforma con que los mercaderes del templo hagan y deshagan a su antojo, ni con que obliguen al pueblo a hacer sacrificios humanos. El tiempo de los sacrificios debía haber acabado ya, sustituido por la verdadera austeridad. La de aquellos que confían más en el Ser que en el tener. La de los que caminan por la vida ligeros de equipaje, para que otros puedan también caminar. La civilización de la pobreza, como cultura opuesta a la de la acumulación injusta e insostenible.

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