La tribuna

Carlos Amigo Vallejo

Navidad para tiempos recios

LO de la Navidad es casi sabido. De los tiempos recios habla Santa Teresa. Navidad y tiempos difíciles vienen de largo, aunque siempre hay gentes pretenciosas que vienen a pensar que la historia, poco menos, comienza hoy y con cada uno de ellos.

Con Cristo llega la Navidad. Y sin Cristo no hay Navidad posible. Aunque no por ello se desea dejar fuera de nuestras fiestas a quienes tienen otras ideas, y convencimientos religiosos distintos a los que tenemos los católicos.

Con lo de los tiempos recios nos tenemos que enfrentar desde que el mundo es mundo. No es simple crisis ni circunstancia que viene y ya pasará, sino momento en el que se han de asumir responsabilidades y armarse de reciedumbre. Ser lo que somos, sin renunciar a nuestra idiosincrasia y forma de ser, a la propia cultura y a las creencias, en este caso incuestionablemente cristianas.

La crisis es de aljibes, cañadas oscuras, cizaña, raíces amargas y no poca ceniza. Me explico. Todas estas palabras tienen su lugar y significado en la Biblia. Se presentan como figuras y ejemplos para llevar a comprender, sacar a flote y desenmascarar actitudes y miedos inconfesables.

Comenzamos con los aljibes. Nada de quejarse por falta de lluvia. Examinar las cisternas. Pueden estar agrietadas. Han perdido la capacidad de retener y almacenar. La falta de criterios, convencimientos y fidelidad han resecado en tal forma que la mente y el corazón de la persona que ya no cree ni espera en nada. Es el vacío de todo como forma de vida en la que nada vale nada.

Tiempos difíciles, crisis, malos días por venir. En fin, túneles y cañadas oscuras. El laicismo a ultranza nos ha metido en un buen pozo. El ambiente se ha hecho irrespirable para todo lo que huele a religión. De la cizaña, en abundancia. Ahora la cuestión de saber dónde está el buen trigo. Parece como si hubieran desaparecido los intelectuales, los auténticos y veraces pensadores, los testigos fieles de creencias y comportamientos leales.

Prejuicios, resentimientos y sospecha de todo están al cabo de la calle. Son las raíces amargas, siempre de tapadillo, pero deseando hacerse notar en cuanto uno se descuide. Las cenizas se utilizan como mataalegrías. Si alguien come con gozo, pues un puñado bien rociado en el plato. Nada de alegría. Ni de fiesta posible. A llorar y que rechinen los dientes y el estómago se haga trizas.

Escuchamos a Benedicto XVI: realista es quien reconoce en la Palabra de Dios, en esta realidad aparentemente más débil, el fundamento de todo. Realista es quien construye su vida sobre este fundamento que queda permanente. Todo está creado desde la Palabra y todo está llamado a servir la Palabra. Esto quiere decir que toda la creación, al final, está pensada para crear el lugar de encuentro entre Dios y su criatura, un lugar donde el amor de la criatura responda al amor divino, un lugar en el que se desarrolle la historia del amor entre Dios y su criatura.

En Navidad hacemos memoria de la llegada hasta nosotros de esa Palabra viva que es Jesucristo. Una Navidad para tiempos recios, pero con esperanza, que es reafirmación de saber que vivimos en el convencimiento de que, más allá, de nuestros reducidos horizontes, hay siempre una luz espléndida y larga que nos hace ver a Dios metido en lo cotidiano de nuestra existencia.

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