El balcón

Ignacio / Martínez

Negros

ESPAÑA expulsa del país, sin identificación previa, a los inmigrantes que saltan la verja de Melilla. Es ilegal. Y además incumple cualquier consideración humanitaria. Las mismas razones humanitarias que se aplicaron a Uribetxeberria Bolinaga hace año y medio cuando se le dejó en libertad porque tenía un cáncer terminal. Desde entonces el carcelero de Ortega Lara se ha tomado cientos de chiquitos a nuestra salud y ahí sigue, el tío. Pero para los negros africanos no hay humanidad que valga. Sólo bonitas palabras.

La primera afición de los jefes de las naciones europeas es la literatura. Debería ser la ética, pero ellos prefieren la poesía. En la cumbre entre Europa y África de esta semana en Bruselas ha habido pomposas declaraciones. Por ejemplo, que el tráfico de seres humanos es una nueva forma de esclavitud. Poesía. Pero Europa tiene mucho que ver con la esclavitud africana, con la clásica y con esta moderna. La miseria de África está en relación directa con su pasado colonial y actual dependencia del primer mundo.

En la cumbre, los dirigentes de la UE han establecido un plan de cooperación con el que se pretende combatir las redes de inmigración ilegal, potenciar el retorno y la readmisión de inmigrantes y "abordar las causas últimas de la inmigración". Este eufemismo último es el nudo gordiano de la cosa. Los sátrapas africanos tienen amigos y padrinos en el viejo continente. Por eso acaban participando en funerales de Estado y actuando en los Institutos públicos como Teodoro Obiang, amigo de su antigua metrópoli.

Este compadreo no es ni nuevo ni exclusivo. Ha habido dictadores centroafricanos que regalaban diamantes a presidentes franceses. Asociaciones de pescadores europeas que regalaban potentes vehículos todoterreno a ministros de Pesca, para conseguir mejores cuotas de cefalópodos. En fin, servicios secretos y grandes multinacionales que han procurado la llegada al poder de dirigentes dóciles para manejar con comodidad petróleo, maderas, minerales...

En su libro Ébano, Kapuscinski cuenta a través de decenas de relatos el proceso histórico que va desde la esperanzadora descolonización de mediados del siglo XX hasta las guerras, las tiranías y el hambre que se instalaron por todo el continente. Y las dictaduras teledirigidas, cuando no inspiradas por las antiguas potencias.

La cumbre de Bruselas no se ha atrevido a clamar por la democratización de los regímenes de sus viejas colonias, ni por el desarrollo de esos países. Nuestros jefes políticos se conforman con que los pobres negros de África países no salgan de allí.

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