Visto y oído

Francisco / Andrés Gallardo

Ninja alatriste

NO, no se le puede pedir rigor historicista a Águila roja, ni pedirles que utilicen el castellano de los tiempos de Quevedo. A los norteamericanos que levantan las intrigas de Los Tudor no se les puede pedir el escrúpulo de las grandes producciones de la BBC. Y la nueva serie de TVE, con el sello de Globomedia (tramas dirigidas a toda la familia) que se estrenaba anoche, es un folletín de aventuras donde la historia en sí es un ingrediente menor. Por ejemplo, tratándose de unas aventuras del siglo XVII apenas hay referencias a un poder fundamental en la Castilla imperial, el de la Iglesia. Los malos son los nobles y los buenos, los pobres diablos de siempre, del que surge un aventajado justiciero. Eso puede narrarse en el Siglo de Oro o en una ficción ambientada en el siglo XXIV. Al menos hay intención por entretener sin más, que ya es bastante.

Águila roja habla de un caballero castellano ninja (ja, ja), un alatriste que esquiva las balas como Matrix, tiene un niño pintor, es el amor secreto de una marquesa malota y se enfrenta a un tipo que atiende a una logia como la que esconde El internado, primos hermanos. Desde el primer momento se atrae a los niños sofalícolas, pero para que aquello no parezca una sesión infantil, los de Globomedia enseguida meten algún desnudo, para que los adultos sepan que están viendo algo pensado para ellos. Y encima los adultos se lo creen. Águila roja está pensado para que los niños pidan a los papás que no cambien de canal.

A los actores, forjados entre Los Serrano, Los hombres de Paco y Mis adorables vecinos, no se les puede pedir que emulen a Laurence Olivier. Con tal de que se lo tomen en serio (y lo hacen) va que chutan. Pero si uno se fija con detalle en la ambientación y en el estilo del héroe, entonces la serie se toma a cachondeo. Pero, bueno, no es plan.

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