La Sevilla del guiri

Niños en una burbuja

ES imaginación mía o los niños pequeños de Sevilla están sobreprotegidos? Quizás en parte sea debido a la ropa de estilo antiguo que muchos llevan. Hace que los niños parezcan muñecos que se romperían a pedazos si se cayeran. Pero da igual si estos niños chicos llevaran trajes de faena, creo que las madres sevillanas seguirían sobreprotegiéndolos.

Cada día laborable, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, me quedo solo con mis dos niños pequeños. Los saco fuera en el doble carrito, los llevo para hacer la compra y después al parque, donde el mayor, de 22 meses, juega solo o con los demás niños, mientras entretengo al más pequeño, que tiene siete meses. A veces, cuando el mayor quiere trepar por las barras y cuerdas, o montarse en el columpio o tirarse por el tobogán, llevo al pequeño en la mochila para tener libres las manos por si surge un imprevisto.

El mayor es atrevido, y yo también dándole libertad. Si quiere subir dos o tres escalones sin agarrarse a la barra, no sólo le dejo, le doy un gran aplauso después de alcanzar su meta. Si quiere tirarse por un tobogán para niños mayores, lo animo si duda. Si, montado en su coche correpasillos, quiere tirarse por una rampa para los minusválidos, miro su hazaña con orgullo, alabando su buena imaginación. Mientras tanto, soy el único viéndola que no se siente nervioso.

No puedo contar las veces en las que he oído: "¡Se va a caer!" Digo, con todo respeto a aquellos que quieren proteger a mi niño: "¿Y qué?" Después de la mayoría de sus caídas dramáticas, se levanta en una nube de polvo y pega una carrera no hacia su padre para recibir mimos, sino hacia lo primero que le llame la atención al superar el choque del aterrizaje. El principal miedo que tengo, especialmente en el caso raro de que suelte lágrimas, es que un testigo vaya a llamar una ambulancia o, peor aún, a la Policía para encerrar al loco guiri por negligencia paternal.

No estamos hablando de un superniño. Puede ser un cagón total. Cada vez que oye un avión pasando, o acelera una moto, o un coche de Policía se acerca con su sirena, lloriquea y me pide que lo coja; sin embargo, del mundo a su alcance, tiene muy pocos miedos, quizás porque no se los trasmito.

"¡Esto es caca!", es otro comentario que he oído una infinidad de veces dirigido a mi niño mayor a medida que va investigando por las calles. Admito que a veces me cuesta trabajo no mostrar alarma cuando mi niño se agacha para coger algo de mugre que se encuentra en casi todas las calles y parques de Sevilla, pero intento acercarme con calma e investigar con él. Cualquier padre de un niño pequeño sabrá que los gérmenes abundan más en la caja de juguetes de cualquier guardería que en un campo con mojones esparcidos. Si las guardarías son un peligro necesario hoy en día, digo lo mismo de la manera en que los niños se lanzan sin precauciones a explorar sus alrededores.

Más que proteger a mi niño de cada germen callejero de Sevilla, prefiero fomentar en él un sentido sano de curiosidad. Si con esta filosofía resulta que a veces coge una esquirla de vidrio, o una naranja podrida masticada por ratas, o un bastoncillo usado, me consuelo con tener siempre las toallitas a mano. Quizás no vayáis a estar de acuerdo conmigo en lo permisivo que soy, pero no se puede discutir el hecho de que gritar "¡Guarro! ¡Qué asco! ¡Caca!" a un niño volcado por completo en alguna investigación, vaya a cortar bruscamente su instinto natural y bueno. Se va a criar con manías, y éstas, hay tiempo de sobra para cogerlas.

En cuanto al pequeño, necesito aguantar una y otra vez el comentario: "¡Tiene las manos heladas!". Los sevillanos son expertos acerca del calor, pero no del frío. El frío es como el sol, bueno en su medida. En muchos países, la nariz y las mejillas sonrosadas del frío es una indicación de salud. Aquí es causa de alarma. Pasa igual con el viento. Cuando hace un poco de aire, las madres llevan a sus niños vestidos como para un invierno nuclear, envolviendo el cochecito totalmente en plástico.

Un día mi mujer me forzó a llevar nuestro plástico a la calle. Mientras íbamos de compra, una mujer mayor nos acercó, señalándonos esto.

-¡Al que inventó esto le haría un monumento!, nos dijo.

No me extrañaría si fuera una sevillana.

Cuando llueve es el colmo de la locura. Después de un chaparrón, la gente se llama el uno al otro para preguntar con voces preocupadas: "¿Estás bien?". Incluso ahora, después de más de cuatro años en Sevilla, necesito recordar que no es teatro.

Una mañana de lluvia este invierno llevé a mis dos niños al centro comercial Los Arcos, el único lugar cerca de mi barrio donde hay un parque cubierto. Al tropezar con vecinos en el camino, tuve que aguantar miradas de reproche y comentarios como: "¡Hace un viento puñetero!" y "¡Qué día más infame!" y "Mal día para un paseo, ¿no?"

Los Arcos resultó estar casi desierto. En EEUU, la gente aprovecha los días lluviosos para ir de compras. Aquí supongo que se baja a los refugios antiaéreos. Tiré la toalla al encontrar el parque cubierto cerrado por la lluvia.

Volvimos a casa, donde nos esperaba nuestra esposa y madre sevillana, preocupada por sus niños en la calle en un día de lluvia. Horrorizada, señaló al carrito y me dijo:

-¿Por qué no has llevado el plástico?

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