La tribuna

Francisco J. Ferraro

Nuevo año, ¿nuevo ciclo?

EL año 2007 ha coronado un periodo de resultados económicos magníficos para la economía andaluza y española. En los diez últimos años se ha duplicado el PIB, un crecimiento mucho más intenso que el de los países de la UEM y que tiene su expresión más simbólica en los datos avanzados la semana pasada por Eurostat: la superación de Italia en términos de PIB per cápita hasta elevarse al 105,3 por ciento de la media de la UE-27, y el acercamiento a Francia, hechos inimaginables hace sólo una década.

Cierto que también en estos años se han producido algunos desequilibrios económicos preocupantes: la descompensada estructura productiva a favor de la construcción, el estancamiento de la productividad, el mantenimiento de una inflación diferencial con los países europeos, un elevado nivel de consumo, un fuerte endeudamiento, la dependencia financiera exterior y, consecuencia de todo ello, el deterioro de la competitividad y un elevadísimo déficit exterior. Pero también se han creado ocho millones de puestos de trabajo desde 1994, hemos recibido 4,5 millones de inmigrantes y, a pesar de ello, ha disminuido la tasa de paro del 23,8 por ciento al 8 por ciento. También merecen destacarse el desarrollo empresarial, con la emergencia y consolidación de potentes grupos empresariales y su creciente internacionalización y, por otra parte, el crecimiento del stock de capital en un 50 por ciento en los últimos diez años, fundamentalmente en capital residencial.

Por todo ello podemos celebrar alborozadamente las campanadas de fin de año y permitirnos las alegrías de estas fechas. Pero la resaca no puede durar muchos días, pues tenemos ante nosotros un año económicamente complicado, y de la forma que lo abordemos dependerá nuestro futuro.

Ya todos sabemos que en 2008 el crecimiento no va ser tan intenso como en 2007, que el empleo aumentará con más moderación (si es que crece), que el sector inmobiliario sufrirá una contracción, y con él diversas actividades vinculadas. Todos los indicadores coyunturales nos informan que estamos viviendo en este tránsito de año una inflexión del ciclo económico, aunque nadie se atreve a asegurar las características de la nueva etapa que se nos avecina. Además, otros factores acentúan las incógnitas, como el impacto de la crisis financiera internacional, el posible aumento del precio del petróleo o el de los tipos de interés. Ante estos factores externos poco podemos hacer, pero otros, tal vez los más significativos, dependerán de cómo lo abordemos, si con la actitud del satisfecho o con la conciencia de las limitaciones.

Algunas de éstas son notables y de difícil corrección en el corto plazo. Son las que afectan a los factores de crecimiento, cuya cualificación condicionarán el desarrollo futuro. La limitada capacidad de I+D+I es una restricción conocida y la sigue alentando un modelo económico cuyo sistema productivo está volcado en atender una demanda interna insaciable. Po otra parte, encantados con las estadísticas sobre el aumento de la escolarización a todos los niveles y con los discursos oficiales de que "tenemos la juventud mejor formada de la historia", nos hemos encontrado de bruces con los resultado del informe PISA que nos señala las carencias cualitativas de nuestro sistema educativo, y ello en un tiempo en el que el capital humano es el factor crítico para los países porque en él se soporta la capacidad de innovar y de aplicar el acervo tecnológico, determinantes de la competitividad.

Tanto la dotación de capital humano como del tecnológico son factores cuya mejora no se puede producir en el corto plazo, pero cuanto más tarde nos enfrentemos a este reto las consecuencias serán más graves. Otras variables del diagnóstico sí pueden ser modificadas en un plazo más corto y, entre ellas, el ajuste de la demanda (especialmente del consumo) a nuestra capacidad de generación de rentas, frenando nuestro elevado endeudamiento, lo que facilitará la contención de las importaciones, del déficit externo y el aumento del ahorro. Un ahorro que debe mantener el elevado nivel de inversión de los últimos años, pero sustituyendo buena parte de su componente inmobiliario por capital empresarial productivo.

En ello pueden jugar positivamente las administraciones públicas con una política fiscal y regulatoria con perspectiva más a largo plazo, menos electoralista, favoreciendo el ajuste más ágil de los mercados, con una política fiscal más contenida y promoviendo la competencia en los mercados. Pero los cambios nos afectan a todos, y para ello la sociedad española tiene en la actualidad más capacidad que nunca para enfrentarse a nuevos escenarios económicos, pero también tiene el riesgo de algunos países europeos desarrollados que pretenden mantener un estilo de vida que es fruto del esfuerzo y circunstancias del pasado.

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