La tribuna

antonio Gutiérrez Limones

Números y personas

EN La gran búsqueda, un imprescindible libro de Sylvia Nasar, se aborda la historia del pensamiento económico reivindicando la vocación central de la economía moderna: resolver los problemas de la gente. No siempre había sido así. La pobreza, la desigualdad y las crisis parecieron a muchos pensadores, durante demasiado tiempo, problemas irresolubles; se pensaba que cualquier intervención, por nobles que fueran sus propósitos, contribuiría a empeorar la situación. A su entender existía un orden inquebrantable, un ciclo ineludible: era inevitable que hubiese víctimas y triunfadores, las cosas eran así. Pero cambiaron: "Antes de 1870 -nos dirá Nasar-, la teoría económica se ocupaba básicamente de lo que no se podía hacer, a partir de 1870 se centró básicamente en lo que sí se podía hacer". Dejó de ser la "ciencia lúgubre", de la que hablaba Carlyle, cuando tuvo capacidad para superar lo que otros saberes sólo sabían describir. Ese era -y sigue siendo- el reto de cualquier comunidad. Al servicio de ese propósito debe estar la economía; si sólo sirve para decir que las cosas "son como son" sirve para bien poco.

Sabemos que la Eurozona pierde tejido y empleo industrial; por el contrario, en EEUU, la industria gana participación en el PIB y genera empleo. Perder capacidad industrial no es inevitable. Es, además, un error con el que Europa ha convivido demasiado tiempo. El 4 de marzo de 2010, el presidente Sarkozy, en un discurso sobre el Estado de la Industria, decía: "Resulta sorprendente que Europa prohíba el apoyo financiero a sus empresas exportadoras, mientras sus competidores asiáticos despliegan financiaciones masivas… Después de haber perdido Europa la carrera internacional de los bienes de consumo, ahora se encuentra camino de perder la de los grandes proyectos industriales".

El declive de nuestra base industrial se ha visto incrementado por el fenómeno de la deslocalización. Una decisión empresarial que resulta poco razonable cuando se trata de empresas rentables. En Alcalá de Guadaíra, mi ciudad, hemos padecido esas decisiones: en 1994 Gillette cerró allí una factoría rentable; hoy nos vemos amenazados con el cierre de Roca, una multinacional en expansión, una empresa líder que el año pasado creció un 3,5%.

Hace falta redefinir el compromiso que las empresas tienen con sus sociedades, con todas aquellas en las que se han establecido. Si para las empresas sólo somos "mano de obra intercambiable" y un "suelo" en el que se instalan habría que saberlo desde el principio. Si Roca, en un momento de crisis, lleva adelante su propósito y cierra la factoría de Alcalá habrá faltado a su responsabilidad y habrá olvidado lo mucho que han contribuido a su éxito la sociedad española y sus trabajadores. Como ciudadanos tenemos derecho a saber el precio que pagaremos por la ruptura de nuestro tejido industrial: desempleo, pérdida de cualificaciones, riesgos de supervivencia para la industria auxiliar, etc. Debemos conocer los cálculos en los que se han basado ese tipo de decisiones y aflorar todos sus impactos. Las empresas mandan en la producción; en el consumo y el prestigio de las marcas manda la ciudadanía. Es un poder que debemos ejercer.

También es urgente redelinear la relación que las instituciones tienen con las empresas, alentando el surgimiento de una agenda compartida. En este punto es mucho lo que los ayuntamientos pueden aportar. Las políticas económicas se han centrado excesivamente en los sectores y han obviado el punto de vista de los territorios; acercarse a los mismos permitiría que las compañías formaran parte, junto a otras empresas e instituciones, de una estrategia conjunta que ayudaría a las firmas a identificar oportunidades, promovería la relación entre empresas y facilitaría el alumbramiento de nuevos proyectos empresariales surgidos del seno de los existentes. Si alguien forma parte de un ecosistema es más difícil que opte por deslocalizarse. No es fácil encontrar un buen vecindario.

Existe otro factor que fija las empresas en el territorio: el conocimiento de los trabajadores. Si disponen del mejor conocimiento disponible será más difícil tomar decisiones de deslocalización, salvo que el traslado de la fábrica también los incluya, cosa que dependerá de su voluntad. No sólo eso, suponiendo que la empresa decidiera marcharse, los trabajadores podrían decidir no hacerlo y conociendo como conocen tecnologías y mercados, les resultará más fácil atraer a nuevas empresas deseosas de invertir para beneficiarse de su conocimiento y experiencia. Los trabajadores deben ser conscientes del poder que les confiere ser una oferta de "única".

Decía Keynes, en una de sus frases más célebres, que "el largo plazo es una guía inadecuada para estudiar sucesos actuales. A largo plazo, todos estaremos muertos. Los economistas se arrogan una tarea demasiado difícil y vana, si en una fase tempestuosa se limitan a decir que cuando pase la tormenta el mar volverá a estar en calma". Las empresas rentables están marchándose hoy, los trabajadores se están quedando hoy sin empleo; es hoy cuando las inversiones en infraestructura, nuestros esfuerzos en tantas áreas, pierden su valor. Es necesario responder ahora y responder juntos.

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