Relatos de verano

César Romero

Oídos sardos (IV)

SI non è vero è ben trovato. Y aunque Federica estaría acostumbrada a los reencuentros de su galán esposo con sus sucesivos amoríos no se la veía cómoda cuando Guglielmo y Manuela se encerraban en sus conversaciones no aptas para marido y esposa expectantes. Hablaban en italiano y aunque no todo algo sí entendía. Por eso cuando me perdía o dejaba de prestarles atención y veía a la pobre Federica intrigada me preguntaba qué diablos se estarían diciendo y prestaba oídos, pero con la conversación iniciada no había manera de retomar el hilo. Entonces, para fastidiar, me dirigía a Manuela y le hacía una pregunta absurda, improcedente. Ella no contestaba y entonces, más alto de lo normal, me dirigía a Federica.

-Se está haciendo los oídos sardos.

-Come?

-En spagnolo, español, noi, nosotros, habemo, tenemos, una orazione, un dicho vamos, para cuando alguien, per qualunque che non ascolta, que non voglie ascoltare mejor dicho, aunque esté ascoltando: oídos sardos.

-Ah, capito. Uditi sardi. Oidosardos.

Y entonces Manuela reventaba y dejaba a Guglielmo con la palabra en la boca, algo que tampoco era muy difícil, porque jamás he visto un tipo más garrulo, menos mal que con la excusa del italiano le decía que no lo entendía y así dejaba de escucharlo, se pasaba todo el día hablando, parla que te parla, como le decía a su ex y mi futura ex, cuando acabábamos derrengados en nuestro apartamento, después de una dura jornada de playa y viajecito en el diminuto Ford Ka de Guglielmo por el interior de la isla mientras nos explicaba sus orígenes, los de la isla, y sus delicias gastronómicas.

-Pero quieres dejar de tomarle el pelo a Federica. Oídos sardos. Valiente payaso.

Y volviéndose a Federica le dijo:

-Marcello è così. Non esiste oídos sardos. É una invenzione. È oídos sordos. Quando io non voglio ascoltare benchè ascolte se dice: hacerse uno los oídos sordos. Sordi, non sardi. Capito?

Y Federica puso cara de haber capito aunque en verdad no había entendido nada, sólo que aquella mujer le estaba explicando algo en un italiano peor del que creía hablar mientras Guglielmo por fin ponía punto final al párrafo que en ese momento su infatigable labia estaba pronunciando.

7

Desde la terraza del apartamento se veía el archipiélago de La Maddalena, un entramado de islitas que forma un laberinto natural en el que el camino lo traza el mar con sus continuos entrantes y salientes. No extraña que durante siglos fuera lugar buscado por piratas, por aventureros con afán de poner fin a sus vidas de continuos trasiegos, también escondite para destacamentos militares. Por las noches, luego de las intensas horas pasadas en la playa o en excursiones que siempre bordeaban el Gennargentu, el macizo central, con un poco de suerte el inagotable Guglielmo se quedaba en su apartamento y nosotros podíamos descansar. Nos habían asignado un apartamento enano pero con una terraza abierta a las ensenadas del archipiélago, desde el que de noche, en la oscuridad sólo interrumpida por las leves luces de los paseos que conducían a la playa y por las lejanas de los barcos que navegaban con lentitud, se veían las estrellas, las osas y el carro, que siempre tenía que explicarle a Manuela.

Me había comprado una botella de ron en uno de esos magníficos supermercados en los que bloques enormes de mortadela, de doce o quince kilos, son manejados por ninfas con poco más de metro y medio de estatura que los cortan en finas y deliciosas lonchas. Dado que más allá de los Pirineos es imposible encontrar cubitos de hielo, con plásticos para envasar comida e hilos fabriqué unos apañados tacos de hielo. Y si por suerte Guglielmo también estaba cansado, ese momento de la noche, con el vaso de ron entre las manos, las piernas puestas sobre una silla, sentados sólo Manuela y yo en la terraza, con la vista perdida o contando las luces rojas que eran aviones navegando por el cielo, era el mejor del día.

-¿En qué momento lo fastidiamos, Marcelo? ¿Cuándo se jodió lo nuestro?

-¿Cuándo se jodió el Perú, Manuelita?

-Por favor, no empieces. ¿Eres incapaz de hablar en serio? ¿No puedes dejar pasar una oportunidad de hacer tus chistes tontos?

-Antes te gustaban.

-Antes te gustaban, antes te gustaban. Antes me gustaba todo. Ése es el problema: antes.

Y si yo no he cambiado y sigo haciendo los mismos chistes tontos y tan malos juegos de palabras, ¿en qué momento la he fastidiado? Esto no se lo pregunté, claro. Lo nuestro se jodió desde el momento en que ya te da igual preguntar porque conoces la respuesta, o te da igual preguntar porque te da igual la respuesta. ¿En qué momento se jodió lo nuestro? Y qué importa. Se fastidió, murió de muerte natural, como dice esa absurda expresión, como si alguna muerte, hasta las violentas o por mano ajena, no fuera natural, y quizá éstas aun sean más naturales dada la condición humana que hacerlo de viejo, despacito y en la cama, sin que se note el tránsito de esta vida hacia la nada. Dura menos un hombre que una vela pero la tierra prefiere su lumbre para seguir el paso de los astros. Le podía haber citado esos versos mientras aparentaba seguir el paso de las estrellas y tomaba un sorbo, pero preferí el silencio antes que un nuevo reproche del tipo "tú y tus versos" o "tú y tus citas pedantes". ¿En qué momento se fastidia un plato si los ingredientes siguen siendo los mismos? Dura menos un hombre que una vela, sí, y sin embargo a algunos les da tiempo al hartazgo. Es tan corta una vida que sorprende que lo normal no sea que un amor dure toda ella, si antes de sentarnos en el patio de butacas ya han anunciado el fin. Pero no, a algunos se les acaba la historia antes de tiempo. O quizá sea que nos han tocado unos tiempos impacientes y damos por acabado lo que no lo está y sólo está pasando a otro estadio, ése que sólo conocen las parejas que llevan siglos juntas, porque en este asunto, como en tantos otros, aún somos deudores de los románticos, esa panda de jóvenes suicidas que fijó un canon que todavía perdura aunque que tal vez sea falso.

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