Relatos de verano

César Romero

Oídos sardos (I)

1 Fui a Cerdeña a salvar mi matrimonio. Pero no lo salvé.

2

Casi en el extremo norte de Cerdeña hay un pueblo con casas pintadas en colores vivos ya pálidos, Santa Teresa di Gallura, desde el que cualquier día, no hace falta que el cielo esté totalmente despejado o su azul dañe la vista con su viveza, se divisa el perfil de Córcega. Está tan cerca que sin entornar los ojos se puede dibujar su línea de tierra, más si en vez de hacerlo desde el final de una de sus calles en cuesta se mira desde la llamada Torre Española, una torre no muy alta pero edificada sobre uno de los baluartes del pueblo. Cuando leí el nombre de la torre pensé: ¿pero dónde diablos no han estado, los españoles? La tarde estaba cayendo, el sol se perdía por nuestra izquierda, ligeramente escorado hacia el norte. Allí, subidos en la Torre Española, mirando a Córcega en la cercanía, luego del recuerdo obligado de Napoleón y los Bonaparte, mientras veleros y yates surcaban el ancho estrecho que separa ambas islas, nos abrazamos con el resto del cariño que nos quedaba por última vez. Quiero decir que lo hicimos con sinceridad y auténtica entrega, uno de esos abrazos que parecen más un encadenamiento de los dos cuerpos, sin aprieto, que un abrazo propiamente. Como lo hacen las parejas que ya llevan el suficiente tiempo juntas como para haber superado la fogosidad de los primeros momentos y tener el íntimo conocimiento del otro que parece sincronizar sus vidas, uno de esos abrazos que hacen decir a quienes lo contemplan, ajenos a las interioridades de los abrazados: he aquí una pareja que lleva años junta pero a la que aún le queda mucho por delante, sin saber que están asistiendo al último abrazo de ese tipo, que ya no habrá más abrazos inconscientes, de cuerpos que sólo buscan agarrarse a aquel que hasta ese instante ha sido su sustento, y que los pocos que pueden añadirse a la hasta entonces infinita lista ya no serán descuidados sino premeditados, esos otros abrazos que buscan recomponer lo ya roto y que disimulan mal su origen bastardo.

3

Manuela no había vuelto a Italia desde antes de conocernos. Al acabar la licenciatura en Derecho, con un apabullante expediente en el que veintiuna asignaturas habían merecido la calificación de matrícula de honor (las cuatro restantes sólo un sobresaliente), pidió una beca para el Colegio Español de Bolonia. Cuando se la denegaron porque había tres estudiantes en el resto de España con mejor expediente, poseída aún por el gusanillo de ampliar estudios en la cuna del Derecho, solicitó otra beca para Roma. Con esta no tuvo problemas. Pasó un año en Roma y el varapalo de no ser becada para Bolonia la relajó hasta el punto de que su estancia acabó siendo más unas vacaciones pagadas, una especie de año sabático de esos que tanto añoramos los profesores, que una ampliación de estudios con agotador horario, profesores exigentes y angustiosa falta de tiempo para realizar los trabajos encomendados.

Era la época en que el primer gobierno de Berlusconi llegó, vio y cayó y los italianos se quejaban pero en el fondo suspiraban aliviados. Por entonces querían un gestor distinto, alguien que no fuera a la política sólo para servirse y seguir corrompiendo la cosa pública y el primer Berlusconi les había parecido algo novedoso, al menos era alguien que no venía de cinco o tres décadas de ejercicio continuado de vida política. Pero ya en sus primeras decisiones se había visto quién era, aunque todavía no había llegado a su apogeo (si es que ya lo ha alcanzado), y que cayera al poco de constituir gobierno, como sus cincuenta predecesores, demostraba que tampoco serviría para regenerar la política, que se emparejaba con los corruptos políticos de siempre. En cierto modo que cayera tan pronto hacía que la ilusión por que apareciera un político honrado, ese milagro tan esperado en la castigada Italia y tan ficticio como el de Milán en la película de De Sica, siguiera intacta; al fin y al cabo, una vez caído los italianos parecían decirse: lo sabíamos, en el fondo sabíamos que este era igual o peor, pero lo hemos elegido, como hicimos con el juez Di Pietro, para dar un pequeño tirón de orejas, un aviso a los políticos de siempre, que espabilen, con ese rasgo tan italiano de volver favorables las situaciones contrarias, de sacarles partido a los contratiempos. Lo que no sabían aún es que volverían a elegirlo no una sino dos veces más, y quién sabe cuántas queden, tantas que ya algunos italianos están empezando a preguntarse, con temor de no saber hasta dónde pueda conducirlos el antiguo cantante de cruceros, si ya sólo serán latinos en el sentido anglosajón del término.

En su estancia sabática de ampliación de estudios Manuela también había salido a la calle para manifestarse en contra de las primeras medidas de Berlusconi, ella que nunca había tenido tiempo para preguntarse siquiera si era de derechas o de izquierdas, tan entregada siempre al estudio, y lo contaba con el entusiasmo de quien se ha estrenado en algo o ha descubierto un don desconocido pero fundamental en su vida, sobre todo luego, que se apuntaría a toda manifestación de la que tuvo noticia, que no ha faltado a una, desde las celebradas contra la guerra de Iraq a las convocadas contra la llamada violencia de género, machista o como la nombren ahora, o para condenar la celebración de corridas de toros, o en protesta por la tala de naranjos en el paseo del doctor Larsen. En una de aquellas manifestaciones había conocido a Guglielmo, un estudiante de Filología o su equivalencia en la península itálica, como yo por aquel entonces, del que se enamoró y con quien, luego de la ruptura, mantuvo una cierta amistad, un intercambio de cartas y más tarde de correos electrónicos. Precisamente fue Guglielmo quien nos insistió para que fuéramos a Cerdeña, pues él conocía bien la isla y podía servirnos de cicerone, eso que él pronunciaría "chicherone", y así, añadía, él me conocería a mí y Manuela a Federica, los cromos cambiados de sus respectivas vidas amorosas.

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