Relatos de verano

César Romero

Oídos sardos (V)

YA sé. En ese momento debía haberle dicho lo que se me estaba pasando por la cabeza. No mis teorías de piernas cruzadas y vaso de ron contemplando las estrellas sardas, sino lo que en ese instante estaba recordando. Nuestra primera noche bajo las estrellas, cuando todo era desconocido y estaba por venir, en esa víspera del gozo que es mejor que el gozo mismo, en ese constante pensar en lo que va a pasar y no en lo que está pasando o ya pasó, esa sensación de vida cien por cien que sólo se tiene cuando se están anticipando los goces venideros. Me estaba acordando de aquella tarde crepuscular, nuestra primera jornada juntos, sólo nosotros, en una playa cercana a nuestra ciudad, en la que ella aún estaba descubriendo mi descontrolada afición a los chistes y juegos verbales, cuando aún ignoraba que eso que pronto la iba a encandilar sería lo primero que aborrecería, lo primero que la cargaría de razones para empezar a dejarme.

Manuela acababa de romper con Guglielmo cuando nos conocimos. Umberto Eco fue a nuestra Universidad a dar una charla y caímos en la misma banca. Manuela y yo, claro, que Eco se sentó en el estrado, a la vera de un profesor llamado Estrada (y no es un juego de palabras). Manuela no lo había leído, sólo sabía que era italiano y fue a verlo. Le gasté un par de bromas y ya vino todo lo demás, que no contaré porque todas las historias de amor se parecen, sólo las que acaban mal se diferencian y admiten ser contadas, como leí no sé dónde, precisamente porque ya se les ha escapado eso tan difícil de definir, y más aún de contar: el amor.

-¿Por qué nos educan en la creencia de que va a durar toda la vida?

-No creo que se haga conscientemente. Es inevitable. Pasa con todo. Con la vida misma. ¿Cómo vivir si uno no cree que lo va a hacer siempre, si no crees que es para toda la vida, aunque en el fondo sepas que no es así, que esto se puede acabar en cualquier momento, de cualquier manera, de la manera más heroica, como un salvador de tu tribu, pero también de la más absurda, desnucado por la rama de un árbol o atragantado por el hueso de una uva tomada con las campanadas de año nuevo? No se podría vivir así, Manuela. No es que nos eduquen en esa creencia, es que esa creencia es necesaria para vivir, para seguir viviendo. No podríamos hacerlo si a cada instante debiéramos mirar que la tierra sigue firme bajo nuestros pies.

-Y sin embargo hay quien sigue queriendo cuando ya se le ha acabado la tierra bajo los pies. Lo veo en mi padre, que aún sigue enamorado de mi madre.

¿Cómo decirle que para su padre aún sigue habiendo tierra bajo los pies y que precisamente por eso, más aún, porque ahora para su mujer ya sólo hay tierra sobre sus pies, ha de aferrarse a esa creencia más que nunca, a ese pensar que si no la vida al menos el amor es para siempre? ¿Cómo decirle que si su padre no siguiera enamorado de su madre ausente se sentiría el hombre más estafado sobre la faz de la Tierra, que uno sabe que puede ganar o perder cuando lo ha puesto todo a un solo número pero que con lo que no cuenta, con lo que no está dispuesto a transigir es que en mitad de la partida la casa levante las fichas y diga que la partida no vale, que no iba en serio, porque cuando la ruleta ya está rodando el juego sí va en serio, ganes o pierdas hay partida? ¿Cómo decirle que sólo creyendo que esto va a durar siempre, aunque se sepa que no, se puede sobrevivir? ¿O que la vida parece o quizá sea tan sabia que, como esas madres que todo lo saben y a veces se dejan engañar por sus hijos que van creciendo, nos hace creer que hay algo que puede durar más que ella, que lo único que dura más que la vida es el amor, cuando sabemos que sin vida no hay nada, que si ella se acaba ya no hay nada? ¿Cómo decirle todo eso?

-Sabes, una vez, cuando el niño Luis Gonzaga era pequeño, un tío o un primo mayor, mientras lo veía jugar en el patio de su casa lo llamó y le hizo una pregunta. El niño tenía fama y aunque estas hagiografías hay que tomarlas con precaución puede que la historia sea cierta. Es verosímil. Bueno, el tío o el primo o lo que fuera, que también son ganas de interrumpir al chaval, que se lo pasaba bomba jugando, lo llama para hacerle la pregunta, en fin, tú ya sabes, estas historias son así. Lo llama y le suelta: a ver, Luisito, si ahora mismo te dijera que en cinco minutos te ibas a morir, ¿qué harías? La pregunta se las trae. Pero como el niño era sabio, e iba para santo, la contestó al vuelo: seguir jugando, le dijo. Seguir jugando. Qué iba a hacer el pobre. Pues eso: seguir jugando. Qué puede hacer tu padre: seguir viviendo.

Manuela me miró con cara de "ves, éste es el Marcelo del que yo me enamoré", pero enseguida bajó la mirada y, girando la cabeza, exhaló el humo del cigarrillo que había tenido entre los labios. Miró las estrellas y yo me fijé en otra luz roja perdida en la lejanía del cielo, otro avión, me dije, y van once. Y seguí bebiendo el ron algo aguado ya por mis artesanales cubitos de hielo. Qué iba a hacer: seguir bebiendo.

8

Porto Rafael era un pueblo de corte ibicenco cercano. Cuando Guglielmo lo citó pensé que lo estaba españolizando. Pero no: se llama así porque lo diseñó, lo edificó y vivió en él durante un tiempo, antes de que se popularizara o masificara, un español llamado Rafael Neville. Rafael el del Porto era hijo de Edgar Neville, un personaje de la cultura española del siglo XX bastante interesante aunque algo desconocido: estuvo en el Hollywood de los años dorados y sabía de cine y teatro más que todos sus contemporáneos españoles. Por él una de las actrices más afamadas de su época perdió la cabeza, dejó su carrera y se fue a convivir pese a que su anterior matrimonio, gracias a las leyes franquistas, de estar anulado había pasado a estar vigente, lo que adquiere más interés si se observa en las fotos que Neville no era precisamente Errol Flynn ni Alfredo Mayo ni ningún galán de época. Un señor que, además, descubrió el último paraíso de la España de entonces, la luego trillada Costa del Sol.

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