La tribuna

José Luis Ballester

Olivencia

HOY se celebra en Sevilla un homenaje a don Manuel Olivencia. Es un homenaje de afecto y admiración que organizan sus amigos y al que se suman todos aquellos, que son muchos, que quieren mostrarle su agradecimiento.

Muchas gracias, don Manuel, por sus primeras lecciones de Derecho Mercantil desde 1960, por el tiempo que dedicó a prepararlas, cada lección una clase magistral, y por la facilidad con que nos introdujo en la disciplina y nos sedujo para siempre.

Muchas gracias por habernos dejado aprender de un maestro de la abogacía, por enseñarnos a aplicar el Derecho vivo al mundo de los negocios, con rigor y con honestidad. Siempre buscando la perfección en los escritos, el adecuado uso del castellano, la frase oportuna y la corrección inmediata de los fallos. Como siempre nos dijo, los errores se corrigen sobre la marcha, como se eliminan las cucarachas.

Muchas gracias por su ejemplo como servidor publico, por su defensa tenaz de los intereses generales, aunque a veces pareciera que los papeles estaban cambiados. Por enseñarnos que en esa defensa es prioritario marcar los objetivos, elegir después el método más eficiente y concluir la tarea inspirado en el sentido de que cada día hay que hacer lo que se debe hacer, aunque ello cueste y nos cueste.

Muchas gracias por sus aportaciones a la ciencia jurídica, por su Código Olivencia, por la Ley Concursal, por su trabajo constante en la Comisión General de Codificación, por sus centenares de escritos e intervenciones que constituyen un precioso legado para las generaciones futuras.

Muchas gracias por habernos presentado a través de sus relatos casi cinematográficos a sus maestros: a D. Joaquín Garrigues, a D. Ramón Carande, a D. Alfonso de Cossío y a tantos otros. Porque, a través de su memoria prodigiosa, nos ha mostrado la importancia de mantener vivo en nuestro recuerdo el ejemplo y la vida de nuestros mayores, de nuestros maestros, de todos aquellos que contribuyeron a hacer lo que somos hoy.

Muchas gracias por la amenidad y el ingenio de sus tertulias, con las que casi hemos vivido en el César Carlos, conocido a todos sus residentes y hasta a su cocinero y nos hemos paseado por Bolonia, arribado a Ceuta y admirado el tajo de Ronda.

Muchas gracias por habernos enseñado que lo importante no son las medallas y los brillos que otorguen los que deciden, sino que el más valioso premio es recibir el afecto espontáneo y sincero del pueblo sabio y viejo que continuamente se lo muestra por las calles, de lo que soy un testigo privilegiado.

Muchas gracias por haber aplicado a su vida los viejos aforismos que nos enseñó del Derecho Romano: vivir honestamente, dar a cada uno lo suyo y no hacer daño a nadie.

Muchas gracias por su ejemplo como padre de familia, por ser un esposo y padre ejemplar, por habernos demostrado que la intensa actividad profesional no sólo es compatible, sino que nada vale si no sabe crear la complicidad y el amor de los suyos.

Muchas gracias, don Manuel, por enseñarnos a aprovechar el tiempo, que el tiempo es un bien escaso y, como usted dice, ahí radica su valor. Disponemos de poco e importa no perderlo ni desperdiciarlo, que lo peor del tiempo no es el envejecimiento que causa, sino la rapidez con que se escapa. Bien que lo ha aprovechado, su balance está lleno de activos, entre ellos sus amigos, compañeros, discípulos y colaboradores que se sienten deudores de gratitud.

A veces me preguntan, por mis casi cincuenta años de afecto y cercanía, cómo le definiría. Nunca he sabido responder, quizás porque al maestro Olivencia no se le puede encorsetar en una definición. Pero sí me acuerdo de su admirado Julián Marías -¡qué recuerdos inolvidables de nuestras conversaciones en el Comité de Expertos de la Expo!-, quien, cuando respondió a esa pregunta sobre su maestro Ortega, siempre tan citado por usted, contestó: "Era como el sol, cálido y luminoso".

Creo que es una buena definición y me permito tomarla prestada. Efectivamente, como el sol, cálido y luminoso. Hemos recibido todos los que hoy queremos homenajearlo el calor de su amistad, de un amigo de sus amigos, de un amigo seguro y afectuoso. Y también nos ha iluminado su fuerte luz que ha cambiado nuestras vidas, haciéndolas mejor porque entró en ellas.

Desde el profundo afecto y sentimientos nacidos durante tantos intensos años, venimos hoy agradecidos a darle las gracias por toda una vida de lecciones y de ejemplo y a expresarle un deseo: que Dios le bendiga a usted y a todos los suyos y le permita seguir siendo para todos una lección permanente.

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