Las dos orillas

José Joaquín León

Oratorio de Navidad

PASEANDO por la ciudad de la gracia, siguiendo los pasos de José María Izquierdo, aún se puede ver una parte de la Sevilla eterna que no se ha perdido, pero que podría desaparecer en el transcurso de unos años. Es la Sevilla oculta de los conventos de clausura, a la que algunos vuelven sus ojos misericordiosos en diciembre, cuando llega el Puente de la Purísima y se ponen a la venta los dulces, ahora en el Alcázar, antes en el Palacio Arzobispal. Después, en general, casi nadie se acuerda de esas monjas de clausura. Algunos conventos que fueron punteros, como Santa Clara, ya ni siquiera existen. Otros intentan sobrevivir con la llegada de novicias de países más pobres, sobre todo de América y África, en algunos casos también de Asia. La inmigración salva la falta de vocaciones. La inmigración siempre llega al auxilio de lo que falta.

En Sevilla no hay ningún caso como el del convento de la Asunción de las Clarisas de Lerma (Burgos), donde una monja joven llamada sor Verónica ha conseguido reunir una comunidad de 135 religiosas de clausura, con una edad media de 35 años, y muchas veinteañeras, entre las que la mayoría tienen carreras universitarias que dejaron para ingresar en el convento. El caso ha sido difundido en los medios de comunicación nacionales. Unos lo ven como un milagro, en un nuevo resurgir de las vocaciones de clausura. Otros piensan que esas vocaciones están infladas por jóvenes de grupos religiosos como el Camino Neocatecumenal (vulgo los kikos), o Comunión y Liberación, que les ha dado por ahí, pero no se sabe si durarán. Los más exagerados han pintado a sor Verónica como una nueva Teresa de Calcuta en versión de clausura.

En esta Sevilla oculta no hay esos fenómenos extraños. Hay un compás de Santa Inés, que en las tardes lluviosas navideñas, se recubre de un velo de misterio, como si de pronto el silencio se fuera a rasgar con el órgano tocado por Maese Pérez. Es una impresión,hasta que suena una voz tras el torno que dice "Ave María Purísima", y aparecen las cajas de rosquitos de vino, o de bollitos. En Santa Inés, en estas tardes invernales en las que cae una lluvia monótona y persistente, hay un Oratorio de Navidad a la sevillana, con villancicos al fondo, de origen desconocido. En la calle Doña María Coronel, con sus naranjos húmedos, lejano aún el marco de azahar de un Domingo de Ramos, se cimbrea al viento una pancarta que anuncia la exposición Visiones de Don Juan. Termina el 14 de febrero, día de los enamorados.

Ahora podríamos ir a Santa Paula, a comprar mermelada y dulce de membrillo a pie de ciprés; o a San Leandro por sus yemas únicas; o a otros conventos donde aún se mantiene la llama de amor viva, con la esperanza de que no la apague el olvido.

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