Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Orfandad

EL varapalo a la izquierda europea en las pasadas elecciones produce perplejidad. Cabría pensar que la crisis global es el fruto de los excesos neoliberales, de la desregulación y el adelgazamiento del Estado, y que los trazados de un nuevo escenario vendrían del reformismo. Sin embargo, son mayores los síntomas de desgaste en la izquierda que en la derecha. En parte, la derecha fue tan lejos por la pasividad y complicidad de la izquierda.

La izquierda formal, esto es, una de las dos grandes opciones parlamentarias de sistemas que tienden al bipartidismo, ha ido sustituyendo su discurso ideológico por artificios del marketing, que no resultan suficientes, ya que, en ese terreno, navegan mejor las expresiones políticas que, por naturaleza, son custodias del mercado.

La esterilización del espacio ideológico y el repliegue sobre la dictadura de lo políticamente correcto, como expresión del discurso único, se han camuflado, en ocasiones, con propuestas arriesgadas, de segundo orden, que acentúan la polarización. Los partidos, en general, se han apropiado del debate social y se aplican en la carrera de las gratificaciones de la opinión pública, pero el marketing político no debe sustituir la construcción ideológica y de la conciencia pública. Menos aún en las filas del reformismo. Los gobiernos, en lugar de rolar tras el viento de la innovación social, soplan para que la sociedad se mueva en su dirección. Es la técnica de los grandes almacenes o de los planetary events de la joven Pajín.

Hay una Europa subterránea, que no pasa por las urnas, en la que se cifra, en buena parte, el giro comunitario a la derecha. Es la Europa de los grupos de presión -hay miles de lobbies registrados en Bruselas, de ellos cerca de 200 españoles- y de los think tanks que, en aras de ciertos intereses, hacen y deshacen en las alcantarillas de la democracia, con más poder fáctico representado que el de los propios eurodiputados.

Por primera vez en su historia, la izquierda europea, dividida entre el narcisismo y la incompetencia, mira a un presidente norteamericano como aliento existencial. Mal deben andar las cosas… Esta crisis parece menor en España, pero aquí solemos ir un paso por detrás. La oportunidad de Zapatero es enorme, porque está llamado a fortalecer ideológicamente a su partido -más necesario que ganar el próximo encuentro electoral-, e impulsar un proceso de regeneración democrática. De no ser así, podría ocurrir que, a no mucho tardar, surgiera algún adelantado de la corrupción moral y política -la corrupción sabe cómo llenar las urnas-, convirtiendo esta gran nación, como lo fue Italia, en una segunda edición europea de las repúblicas bananeras de gama alta...

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