La tribuna

Abel Veiga Copo

Oriente Próximo: todo por hacer

CUANDO pasen los días y las euforia se disipe lentamente, los egipcios tienen y tendrán que enfrentarse a un futuro incierto. Pilotar la transición hacia un nuevo escenario político, deseablemente democrático, pero a día de hoy complejo y carente de pluralismo político y partidos, sin líderes, con una débil clase media, una casta privilegiada de políticos y militares que ha vivido y sobrevivido al cobijo de un régimen más allá del Estado, de la justicia y el derecho, se antoja un reto hercúleo y lleno de enormes dificultades. El ejemplo que la juventud y la sociedad civil egipcia, antes la de Túnez, ha dado al mundo, su civismo, su revolución pacífica sólo violentada por la barbarie de un régimen que en la agonía quiso morir matando, el anhelo de libertad, de derechos humanos, de dignidad, coraje y valentía es extraordinaria.

La calle árabe, la sociedad árabe vive, sueña, anhela, no es distinta a la nuestra. Se equivocaban los sociólogos y politólogos que filosofearon el fin de la historia, como Fukuyama, la historia no es cíclica, sino caprichosa, sigue su propio curso, nada es repetible. Lo que ha sucedido en El Cairo en estas casi tres semanas es inédito, único. Nada tiene que ver ni con Teherán en 1979 ni con la caída del Muro, sí en los anhelos de superar las barreras sórdidas de la represión, los muros de intolerancia, el silencio de la verdad secuestrada. Pero la deriva iraní no es comparable ni tampoco sus causas. En Egipto no ha habido teocracias, los clérigos han callado o incluso han apoyado al tirano. Lo mismo ha sucedido en Túnez, en Argel, en Amman, veremos qué sucede en Yemen, en Damasco, tal vez en Rabat y en Trípoli.

Los vientos de la libertad no amainan. Asoman, susurran, despiertan conciencias y resignaciones de décadas. La sufrida sociedad árabe grita libertad y dignidad. Es el coraje de vivir una vida mejor y no arrostrada por la miseria a que sus gerontocracias republicanas o monárquicas, militares o teocráticas les han condenado irremisiblemente. Esas mismas dictaduras e imposturas falsamente democráticas que Europa y Estados Unidos, también Jerusalén, bendecían, apoyaban. Porque haciéndolo garantizaban su seguridad, sus intereses económicos y empresariales, ignorando la miseria lacerante d ellos pueblos. Se equivocó también Samuel Huntington y su choque de civilizaciones, como también su legión de discípulos políticos que preconizaron que en el nuevo siglo éste sería inevitable. Creyeron asistir a él en Iraq, tal vez en Afganistán.

No, no somos tan distintas las sociedades árabes, sobre todo laicas, y las europeas. Sus gentes, su juventud, sus clases, esperan lo mismo de la vida. Siquiera más, una oportunidad, la que siempre les robaron cleptócratas y sátrapas, represores y dictadores, déspotas y corruptos que confundiendo Estado con ellos mismos y partido único laminaron la libertad, viciaron la atmósfera social y esquilmaron para provecho propio los recursos y el desarrollo secuestrado de estos países.

Todo está por hacer. Permitámosles que lo hagan, que transiten ellos mismos hacia una nueva realidad política y social. Sólo los tunecinos y egipcios deben desatar los lazos y nudos de muchos años de dictadura, de falta de libertades, de cinismo y miedo. Demasiadas máscaras se han caído, quizás vendrán otras, pero nadie lo sabe. Nadie era capaz hace dos meses, cuando el 17 de diciembre aquel joven tunecino, universitario y pobre, vendedor de verduras ambulante fue humillado por una policía corrupta, arbitraria y despótica. Nadie supo prevenir los hechos, siquiera anticiparse a los mismos. Nadie ha dirigido estos procesos, nadie pensaba que Mubarak caería y orquestaría la pantomima de septiembre simulando unas elecciones falsas e inexistentes. Ni siquiera Barack Obama, quien en junio de 2009 en la Universidad americana de El Cairo espoleó y concienció a los jóvenes universitarios hacia su dignidad, sus derechos y sus libertades. Obama al menos ha sido el dirigente que ha apoyado más decididamente los cambios. Ha sabido elegir el bando ganador, aun sabiendo que tiene que redefinir su estrategia política y diplomática, y enterrar la realpolitik de cinismos, palos y zanahorias.

¿Qué teme Israel y por qué? No es casual que todo quede en manos por el momento del ejército, que nadó entre dos aguas y sin humillar al rais tampoco se enfrentó al pueblo. Los mandos militares ya han anunciado que nadie tema y que los tratados internacionales se cumplirán. En seis décadas de dictadura y menos de un siglo desde su descolonización entrecomillas, Egipto siempre ha estado en manos de militares, unos militares formados y armados por Estados Unidos, garantes del puzzle de Oriente Próximo como contención a Irán y apoyo a Israel.

El tablero de ajedrez de Oriente Próximo acaba de salir de su enroque sempiterno. Dos torres han caído, algunos alfiles, todavía quedan caballos desbocados y reyes que ni siquiera han sido puestos en jaque.

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