Carmen Calleja

Oxitocina, por favor

Debe el Estado regular la RSE? Los sindicatos lo piden y el empresariado la quiere voluntaria. La UE optó por un planteamiento voluntario, por considerarlo más eficaz y menos burocrático.

La RSE es un compromiso ético, más allá del legalmente exigido. Si se hace obligatoria, se habrá matado el concepto: dar más de lo exigible. Habría que volver a inventar algo que impulse comportamientos mejores que los mínimos obligatorios. Volveríamos a empezar, sólo que con el desafecto de las empresas que habrán salido escaldadas. Quienes quieren su obligatoriedad, desean subir el umbral de las condiciones laborales. Es legítimo. Pero los nobles propósitos que los mueven, no hacen sino asustar a los empresarios que empiezan a asomarse a esta nueva realidad de la RSE.

Se pretende que la RSE sea, al menos, soft law. Es decir un "Derecho blando", pero Derecho al cabo. A la RSE le viene mejor el principio comply or explain ("o se aplica o se explica" por qué no se ha hecho). Si esto vale para las recomendaciones del Código Conthe, dirigido a compañías cotizadas (tan reguladas), cuánto más para la RSE, a la que no debemos dejar reducida al ámbito de las grandes empresas.

Paul J. Zak, uno de lo pioneros de la moderna ciencia de la neuroeconomía, sostiene que un exceso de regulaciones de gobierno puede "saturar" el comportamiento moral. El castigo externo puede desplazar las sanciones internas que sentimos ante algo reprobable. La oxitocina, la "hormona de la generosidad", presente en las relaciones de confianza, desaparece en tales casos.

Es decir, que podemos asfixiar la vocación por la RSE, si la saturamos de normas.

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