Por montera

mariló / montero

Pa comérselo

HOY me he comido a mi hijo. Me lo he comido porque le quiero tanto que ha sido inevitable. Me lo he comido como si quisiera volver a estar preñada de él después de veinte años de convivencia sobre la tierra. Fue en el momento en el que, con las aguas preñales rotas, volvimos a ser envueltos, cual bolsa amniótica, por las líquidos caídos del cielo que nos unieron tras un ventanal vestido de brillantes al refugio del hogar. He devorado sus ilusiones. Las de un muchacho de veinte años que mastica la vida pegando bocados por el trasero. Él saborea la vida. Es listo, inteligente, un genio. He podido exprimir el brillo sabroso de sus ojos negros humidificados cuando relamía una "trufa de caza con foi e y setas", cual cerdo trufero. Presentado sobre un cuenco transparente de cristal abierto en la base de la cual emanaba un intrigante humo, fuimos capaces de sentir el aroma de la tierra húmeda y morderla sin dentera, de oler a leña y su humedad en un campo sin llamas.

De niño a hombre, con un exigente paladar como buen cocinero, y por los gemidos del placer al saborear la "parrillada de marisco con aceites esenciales" con los que descubres el jugo que exprimen nuestros hombres de la mar, quienes deben saber que sus esfuerzos y el sacrificio vital están en manos de un artista que eleva al sacro cielo del paladar a su alma. Sí, nos comimos el alma de nuestros pescadores. La de aquellos que dejan horas de sus vidas y ratos de sus familias entre tantas redes y corales donde muchos pierden enredados sus corazones.

Me he comido a mi hijo mientras me embelesaba viendo cómo sus carrillos se enrojecían ante el placer de una singular digestión llena de misterios de una "hoja de caviar", un "ravioli de guisante con papada ibérica", la "sardina ahumada con crema de apio-nabo y manzana", las "verdinas con berberechos y espuma de erizo de mar", el "sepionet fungiforme con alioli de Wasabi", el "lomo de salmonete de caldo corto de azafrán", el de "ciervo con boniato y castaña". Llegamos hasta la discusión por ver quién adivinaba la composición de los platos. Hemos rememorado el jardín de nuestra unión. A ser cómplices por llegar a nuestros platos sembrados por la "flor de Hibiscus con Pisco Sour", la "roca de chocolate" y una "pizarra llena de tizas, borradores y letras sobre un plato donde nos hemos escrito "te quiero". Difiero de quienes critican al Club Allard, de Madrid, ya que mi experiencia ha sido, además de espiritual, amorosa. Tiene un techo en el paladar que yo nunca hubiera creído haber educado para que supiera apreciar tanto el talento de una chef, María Marte, y un equipo merecedor de ser una de las herederas del c0ielo donde dejó su hueco El Bulli. Mi hijo y yo hemos devorado con placer un sacramento santo: la comida. Por eso nos hemos comido mi hijo y yo.

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