La ciudad y los días

Carlos Colón

Pacifismo a la carta

TRAS el asesinato de los dos guardias civiles, el número de españoles muertos en Afganistán desde 2002, como parte de la Fuerza Internacional de Seguridad y Asistencia, asciende a 92. ¿Han oído ustedes desde marzo de 2004, fecha en que Zapatero inició su mandato, que algún actor, intelectual o cantante proteste por esta intervención y estas muertes? ¿Han visto por parte alguna a esa señora a la que en la tómbola Monteseirín le tocó una calle que antes se llamaba General Merry? ¿Han observado si en las entregas de premios teatrales o cinematográficos los ganadores subían al escenario con pegatinas de No a la guerra?

Será, digo yo, que era un eslogan con letra chica, como los contratos tramposos, y que en realidad decía: "No a la guerra si gobierna el PP". Porque no me creo que esas altruistas, apasionadas y bienintencionadas criaturas distingan entre guerras justas e injustas, legales o ilegales. Los pacifistas suelen estar contra todas las guerras, no contra unas y a favor de otras según quién gobierne. Esto es lo propio de esos raros seres que son los pacifistas comunistas que, mientras Hitler se merendaba Europa, decidieron que la postura progresista era el pacifismo no intervencionista que seguía las consignas estalinistas lanzadas tras el Pacto Molotov-Ribbentrop el 23 de agosto de 1939, gracias al que Alemania se zampó a Dinamarca, Noruega, Bélgica, Francia y Holanda; Rusia a Finlandia, Estonia, Lituania y Letonia; y ambas a Polonia. Quién sabe si el pacifismo de quienes tanto protestaron contra la guerra de Iraq es de esta clase. O si su pacifismo o belicismo se atiene escrupulosamente a algunas (no todas) resoluciones de la ONU, organismo contra el que paradójicamente suelen despotricar tildándolo de marioneta de las grandes potencias. O tal vez se trate de una cuestión semántica que diferencie lo de Iraq como una guerra y lo de Afganistán como una misión de paz, eufemismo que hace aún más complicada la ya de por sí compleja cuestión de la naturaleza justa o injusta, lícita o ilícita de las guerras.

Lo implicados lo suelen tener más claro: "Mis más sinceras condolencias a las familias -escribía ayer una de nuestras lectoras-. Mi marido también está allí, y estoy muy orgullosa de la labor que están desempeñando. Ojalá que no hubiera bajas, pero es un riesgo que todos sabemos que existe, porque no es una misión de paz, lo pinten como lo pinten. Lo que peor me sienta es que el resto de españoles se crean que estas personas han dado su vida por repartir yogures. Basta ya de mentiras por parte de los políticos. Basta ya de censurar la información".

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