Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Paisajes

HAY desde luego felices excepciones, pero la verdad es que la destrucción del caserío histórico y el urbanismo descontrolado han convertido buena parte de nuestras ciudades y pueblos en lugares sin alma, arrasados por la especulación o por la desidia de unos gobernantes que, asumiendo el rancio discurso del desarrollismo, nos hicieron aún más pobres. No hablamos de esos edificios monumentales que vemos en las fotos antiguas y ya no existen sino en la fatigada memoria de los ancianos, sino de muchas viviendas en su mayoría modestas que podían tener daños estructurales, ser insalubres o estar necesitadas de reformas que las hicieran más habitables, pero se adecuaban a las condiciones del Mediodía mucho mejor que las moles informes que ocuparon su sitio o se alzaron de la nada en los desmontes y convirtieron las afueras, donde la ciudad se juntaba con el campo, en parajes desolados.

Que la devastación no era un peaje obligado, fruto de la presión demográfica o la natural ampliación de los confines, lo demuestra el hecho de que no en todas partes, sin salirnos del ámbito más cercano, ha sido igual de irreparable. Como es habitual cuando se trata de las tropelías perpetradas en nombre del progreso, defendidas ingenua o interesadamente por los arrogantes abogados de la modernidad, estos solían o suelen acusar de retrógrados a quienes han visto con horror la multiplicación de las construcciones mostrencas, deshumanizadas, intercambiables, pero no es el conservadurismo en materia estética lo que lleva a lamentar una degradación que muestra su peor cara en los barrios más desfavorecidos.

Los muros, sin embargo, no son más que muros, y es el paisaje humano el que acaba dándoles la vida que no tienen en los aseados planos de los arquitectos, los urbanistas o los promotores inmobiliarios, por citar las profesiones más directamente concernidas -pero no las únicas, dado que en el origen siempre hay decisiones políticas- en la proliferación de espacios planificados sin más objetivo que el beneficio inmediato. Un bar lleno de parroquianos, un corro de sillas donde departen los viejos, una animada pandilla de muchachos, un puñado de niños corriendo por los solares o entre los soportales, hacen que hasta el entorno más inhóspito se transforme en otra cosa, del mismo modo que una calle cualquiera, así sea la más deslucida e impersonal del mundo, se transfigura si la habitan árboles o macetas o en el interior de las casas espera, resguardada de la solana, la oscuridad amiga de los patios.

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