Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Países del alma

LA Conferencia Episcopal Italiana le ha mandado un durísimo recado al presidente de Italia, Silvio Berlusconi, en forma de editorial en el periódico L´Avvenire. "Sabemos -dice el editorialista- que un hombre político debe ser juzgado por lo que hace, por su programa y por la calidad de las leyes que contribuye a aprobar. Pero la condición humana de un líder, su estilo y los valores con que colma concretamente su vida no son indiferentes. No pueden serlo. Por eso seguimos pidiendo un presidente que, con sobriedad, sepa ser espejo, lo menos deforme posible, del alma del país".

El estrepitoso sopapo contra Berlusconi es el resultado de su escabrosa pretensión de renovar las listas de su partido con carne fresca comprada al peso en el opulento mercado de las mises. Para colmo, las inclinaciones caníbales de Berluconi han hecho mella en su matrimonio con la señora Verónica Lario quien, tras denunciar la debilidad antropofágica de Il Cavaliere y obligarle a renunciar a los lujuriosos fichajes, ha iniciado los trámites de divorcio, un escándalo que ha convulsionado, al parecer, a los moralistas que lo mantienen en el poder.

Ahora habrá que esperar a la reacción de los votantes católicos. Si deciden castigar a Berlusconi y le retiran la confianza en las elecciones, el presidente corre el riesgo de perder gran parte de su fortaleza. La situación no deja de ser pintoresca. La revuelta de la Iglesia se produce no como reacción ante la deshonestidad que ha desplegado Berlusconi en numerosos aspectos de su política (en particular, el fomento de la xenofobia y la persecución policial de las minorías), y que por sí mismos constituyen un menosprecio a valores como la caridad o la misericordia, sino como respuesta a su inmoderada lascivia. Se puede ser matón, xenófobo y usar la prepotencia para amurallarse frente a la justicia (ahí está la ley Alfano que impide procesar a los altos cargos del Gobierno italiano), pero la impudicia, ¡ah, la impudicia!

El editorial de L´Avvenire es revelador en ese aspecto. Vuelva el lector la principio y relea la primera frase: "Sabemos que un hombre político debe ser juzgado por lo que hace, por su programa y por la calidad de las leyes. [...] pero...". Del apoyo implícito del editorialista al programa y a las leyes de Berlusconi pasa a la excepción, "el estilo y los valores". ¿Es parte del valor y el estilo la ley que declara ilegales a los inmigrantes? Y luego concluye: "Seguimos pidiendo un presidente que, con sobriedad, sepa ser espejo, lo menos deforme posible, del alma del país".

¿Tienen alma los países? ¿Cuál es el alma de Italia? ¿Quién la dieseña? ¿Tiene también alma España? ¿Cuál de los dos la tiene más grande?

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