Alto y claro

Carlos Mármol

Pandemias

HUNDIDOS como estamos en mitad del quebranto casi diario de la crisis -no hay día en que los datos de coyuntura económica que afectan a España no confirmen que nuestra hipotética salida del agujero negro va para largo- el otoño, que en Sevilla acostumbra a ser más ficcional que cierto, pero que todavía figura en el calendario bendecido, se presenta inevitablemente marcado por el brote de gripe. Asunto que de continuo abre los telediarios: hay del orden de 15.000 contagios a la semana y, hasta ahora, han fallecido 20 personas en España. A la gripe A se le cambió el nombre en su génesis para evitar el adjetivo porcino -origen del mal, localizado por vez primera en una granja de tierras mexicanas- y por aquello de no perjudicar a un sector -el ganadero- que primero la sufrió en su materia prima -los animales- y después en ese otro bien intangible del que tanto hablaban nuestros clásicos del Siglo de Oro: la honra. Ya se sabe: la mala publicidad es el principio del desastre. Gracias al cambio de nombre, la gente sigue comiendo cerdo -lo contrario hubiera sido una locura fruto de la neurosis colectiva- pero quien más, quien menos, empieza a pensar que a cualquiera puede sucederle la desgracia que coger la enfermedad. En ese caso, el desarrollo de la misma -según los expertos- dependerá de las dolencias y los achaques previos de cada uno. Al menos, eso dice la Junta, que computa ya cuatro muertes -la última, esta misma semana, en el hospital San Juan de Dios de Sevilla- en su territorio administrativo, tan acostumbrado a los avances científicos. Su explicación es siempre la misma: a los finados no se los llevó la gripe, sino otras enfermedades a las que el virus H1N1 dejó el terreno abonado. Nadie dice que no sea así, pero mucha gente no cree tal explicación. Las razones tan simples son así: su credibilidad es casi siempre relativa. La gripe preocupa. Y mucho. Más que la subida de impuestos que se avecina en el horizonte. Y, probablemente, bastante más que las pésimas noticias laborales. Perdida la batalla por conseguir el segundo bien del refranero -el dinero-, quedaba el consuelo de conservar el primero -la salud-. Del tercero -el amor- ni hablamos. La pandemia de moda viene a quebrar tal aspiración. No hay donde agarrarse. Parece no existir ningún cobijo seguro. Lo decía Dante: "Lasciate ogni speranza". El otoño que viene se presenta inquietante.

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