Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Un Papa 'pikettiano'

EL papa Francisco no deja títere con cabeza en sus ruedas de prensa volantes: el avión vaticano da alas a su locuacidad. Como por otra parte corresponde a su condición y cargo, no se casa con nadie, y una semana se desmarca de la libertad de expresión libérrima y del lema "Je suis Charlie", advirtiendo que quien se meta con su "madre" -la religión- corre serio riesgo de ser abofeteado -completen la metáfora, con o sin yihad-, y a la siguiente da otra bofetada sin mano a los grupos más conservadores del catolicismo papista, llamando "conejos" a quienes entienden la planificación familiar con otro lema: "Los que Dios mande". El papa Francisco cae muy bien a los no católicos, dice todo el mundo, y hace tragar sapos mal disimulados a los atribulados fieles que desean ser tan católicos romanos como Bergoglio pero añoran en silencio a Juan Pablo II, que poco o nada tenía que ver en su estrategia de comunicación con el argentino. El pontífice polaco nunca hubiera dicho esas cosas, sino más bien las contrarias, cabe conjeturar (o, sencillamente, tirar de hemeroteca).

Francisco también habla de economía, y se da todas las trazas de que se alinearía con gente como Krugman y Piketty aunque, mientras que el Papa critica por principio moral y por las enseñanzas de Jesús a la desigualdad, los economistas socialdemócratas -¿especie en vías de extinción en un debate económico crecientemente polarizado?- advierten que las brechas de riqueza, renta, educación, acceso digital o sanitario, de género o cualquier otra, pero sobre todo las más esencialmente económicas, ponen en serio riesgo el propio sistema tal como está concebido o, mejor, se ha ido configurando. El Papa, en cualquier caso, no se limita a promover la bonhomía y la fraternidad, sino que advierte: "La economía de la exclusión y la inequidad mata", y mata a la propia economía, al menos a la basada en la libertades individuales y en el libre mercado: "El crecimiento de la desigualdad y la pobreza pone en peligro la democracia". Pikettiano a tope. La Europa de la atonía, la contracción y el desempleo tampoco se ha librado de la acerada forma de calificar del Papa. "Avejentada y demacrada". Táctica y hasta estratégicamente, desmarcarse de la decadente y poco prolífica población nativa europea es coherente con la necesidad de cosechar fieles en otros territorios menos avejentados y menos demacrados. El eurocentrismo no es proselitista hoy. Y el Papa, quizá asesorado por una paloma que no hace ascos a la mercadotecnia, lo sabe.

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