punto de vista

José Ramón Del Río

Paradores

CUANDO en España había pocos lugares para alojarse y empezó el turismo, el Estado asumió la condición de empresario hotelero, porque aquí había muchos lugares que visitar y conventos, monasterios, castillos y edificios históricos que merecían ser restaurados. Así nació la red de Paradores del Estado, el primero de los cuales fue el de Gredos. Después de la Guerra Civil se construyeron muchos otros allí donde la iniciativa privada no llegaba y en los años 80 se pasó de 40 a 83 establecimientos, de los 93 que hoy existen. Lástima que perdieran el antiguo nombre de Hosterías del Reino, bella palabra de nuestra lengua, que hoy ni se escribe ni se oye, sobre todo desde que no se representa el Tenorio de Zorrilla. Sin duda que una de las cosas más apreciadas por nacionales y foráneos es nuestra red de Paradores, desde los suntuosos como el Hostal de los Reyes Católicos, en Santiago, o San Marcos en León o los históricos de Guadalupe, Jarandilla de la Vera, Cáceres o San Francisco en Granada, hasta los que disponen de campos de golf, como el Saler, en la Albufera valenciana, o el de Torremolinos, en Málaga. En todos ellos el servicio y la atención al cliente es esmerada y cuidan de la gastronomía, sirviendo especialidades del lugar.

La crisis, lo que antes era negocio, cambia la cuenta de resultados y se han puesto en pérdidas, hasta el punto de que este año se llega a más de 100 millones de euros. Convocados por los sindicatos, parte del personal ha ido a la huelga en el puente de la Constitución. La razón de la convocatoria es que se prevé el cierre de siete establecimientos y, durante la temporada baja, de 27 más, con los consiguientes despidos, reducción de jornadas y salarios, aunque el ministro del ramo dice que sólo un ERE puede salvar a los paradores. Uno de los amenazados con el cierre temporal es el de Arcos de la Frontera, aunque en Cádiz se acaba de inaugurar la reforma del Hotel Atlántico, que no es un acierto arquitectónico, pero hay que conformarse con que lo hay porque en él se gastaron los últimos dineros disponibles.

Como ahora es la crítica de moda, se dice que el Gobierno pretende privatizarlos. No creo que ésta sea la intención, pero aunque lo fuere a mí me gustaría saber qué hay de malo en que una actividad como la hostelería la deje el Estado a los empresarios, que en su momento no podían acometer un plan tan ambicioso para fomentar el turismo. La experiencia del Estado empresario de todo, propia de los regímenes comunistas, se ha ensayado ya y su fracaso ha sido incuestionable. Supongo que usted no querrá que con sus impuestos se cubran las pérdidas de actividades hoteleras desempeñadas por el Estado.

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