Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Paralizados

LA política en España no funciona. Es una realidad instalada incluso antes de que se celebraran las elecciones de diciembre y que desde entonces no ha hecho sino incrementarse. La campaña para el 26 de junio está acrecentando esa sensación, que se puso dramáticamente de relieve en el debate televisado entre los cuatro candidatos del pasado lunes. Esa noche diez millones de españoles debieron irse a la cama preguntándose qué podían esperar de aquellos señores que repitieron como loros los mismos argumentos y descalificaciones que llevamos escuchando desde hace meses y que, por sus ambiciones personales y torpeza negociadora, tienen bloqueado al país con consecuencias económicas y sociales que ya se están notando. Salvo en el caso de Albert Rivera, que como era el que menos tenía que perder arriesgó y le salió medianamente bien la apuesta, los otros tres ofrecieron una imagen desoladora, impropia de quien quiere gobernar un país con los retos que España tiene por delante. Nada de lo visto y oído permite albergar demasiadas esperanzas en que después del 26 de junio vayamos a tener actitudes nuevas que permitan echar a andar a un Gobierno sustentado por una mayoría amplia y que se meta de lleno en las cuestiones más urgentes que tenemos paradas.

El problema es que esa parálisis que tenemos incrustada en la política ha empezado a permear en otros ámbitos de la vida pública. España ofrece claros síntomas de un peligroso aletargamiento que afecta a sus instituciones. Desde la propia Corona y el resto de los poderes del Estado al empresariado más dinámico, desde la Universidad al mundo del emprendimiento o de la cultura, asistimos a una especie de pasotismo indolente a la espera de que se aclare una situación que tiene muy pocas posibilidades de resolverse.

Por poner un ejemplo de ahora mismo, Europa, el ideal de Unión Europea que está en el ADN del sentimiento democrático español, está a punto de saltar por los aires con el referéndum que dentro de una semana se celebra en el Reino Unido y que cada día que pasa pinta un poco peor. Aquí parece que importa poco o nada que la UE corra un riesgo de quedarse para siempre a medias. La cuestión ni está en debate político ni en el social; parece que no fuera con nosotros y que ni ganamos ni perdemos con lo que pase con el Brexit.

Como este ejemplo se podría poner muchos otros que no vendrían más que a confirmar que vivimos una preocupante parálisis en la que el fracaso de la política está contagiando al resto del país.

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