Ojo de pez

pablo / bujalance

Pedagogía a la europea

SI buena parte de los catalanes y vascos se resisten a enarbolar en sus instituciones la bandera española, estos días ha sido el alcalde del municipio malagueño de Cortes de la Frontera, en plena Serranía de Ronda, tan a rebosar de castañas en esta época, el que ha decidido retirar del balcón del Ayuntamiento la bandera de la UE. Y lo ha hecho en respuesta a la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de derogar la doctrina Parot. Considera el alcalde que la sentencia ha provocado un daño irreparable a las víctimas del terrorismo y, tal y como pensaba Albert Camus respecto a Dios, si eso es Europa, mejor no ser europeos. Hay quien ha tachado el gesto de baldío dado que el tribunal en cuestión no pertenece al entramado institucional de la UE; pero sí que forma parte de la juridiscción del Consejo de Europa, que evidentemente comparte bandera con la Unión. Aunque, al final, esto es lo de menos: si la ciudadanía española se mueve respecto a Europa entre el escepticismo y el resentimiento, especialmente desde que estalló la crisis, la sentencia que ha puesto en la calle a Inés del Río (quien ha recurrido ya a la Audiencia Nacional la negativa del Gobierno a concederle una indemnización) no contribuye precisamente a mejorar el clima.

Sin embargo, más allá de la indeseable puesta en libertad de tanto asesino sanguinario, la actuación del tribunal puede tener otras consecuencias desastrosas. Si España no ha sido precisamente un país conocido por haber promulgado un tradicional respeto a los derechos humanos, el simple hecho de mencionarlos puede salir ahora caro a más de uno. Y los derechos humanos son necesarios, más aún cuando tantas personas sin recursos viven desprotegidas y a merced de los abusos de las administraciones públicas, las fuerzas de seguridad y las entidades financieras (hay casos de sobra en los periódicos recientes para ilustrar todo esto). Un país que hace oídos sordos a los derechos humanos es un país arrojado a los lobos.

En manos de un tirano, la aplicación de sanciones con efectos retroactivos puede resultar letal. Cualquiera podría ser condenado mañana por las acciones legales que cometiese hoy. Pero el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no se ha preocupado de explicar el por qué de su sentencia, ni de encajarla, en la medida de lo posible, en el dolor de las víctimas. Mientras Europa siga emitiendo sus decisiones como un dispensador burocrático, sin reparar en sus efectos entre los ciudadanos, no obtendrá más que rechazo. Es precisa la pedagogía. Y el tacto.

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