Setefilla R. Madrigal

Pedir perdón

UN mensaje de condolencias mal traducido. Un punto de vista que nos deja a los medios a la altura del betún en esto del inglés. No es lo mismo, no, pedir perdón que dar el pésame. Pero se quedarían sin morbo, sin mensaje. Vende más periódicos la fotografía de un niño con un cartel que pida "perdón", la imagen de un niño que asuma una culpa que nunca fue suya. La culpa es nuestra, que a pesar de todo seguimos traduciendo desde la superioridad mediática. Aunque no está mal traída la pancarta para entender que en la vida hay perdones que nunca se pronunciarán, mientras que hay otros que llegan de quien no tiene por qué pedirlos, de quien, sin saberlo, se ha visto arrastrado por una lucha que no le corresponde. Asumir los errores es lo que nos ayuda a avanzar, sin caer en el prejuicio del sentimentalismo, queriendo entender el mundo del otro sin lograrlo. Al pelo viene aquella pregunta que siempre le hacían a Amin Maalouf: ¿tú que eres más parisino o libanés? A lo que él respondía sin miramientos que era la cuestión más absurda que le hubieran hecho nunca, pero con la que por desgracia, debido a su doble nacionalidad y al mundo enfrentado que de ellas se deriva, tendría que lidiar a menudo.

Pedir perdón no es asumir que perdemos porque nada hay que perder. Simplemente es aceptar que nos hemos equivocado y también que el que tenemos en frente nunca será como nosotros y asumamos ya que eso no es malo. Pero es difícil desechar todo ese bagaje que nos precede, esa posición de superioridad inherente solo por nacer donde hemos nacido, esa dualidad moral que nos absorbe desde todos los ámbitos de esta sociedad supraestructurada. Por eso cargan con la responsabilidad los que no deben, los que aún no saben cómo funcionan los entresijos de este mundo, los que solo se deben a conceptos que aún no están corrompidos por lazos de poder, los que, solo por cuestión de tiempo y, eso es lo negativo, son tremendamente libres como nunca más lo serán.

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