UN grupito de militantes han sacudido esta semana los cimientos del anquilosado PSOE al difundir un vídeo en el que piden perdón por los muchos errores que cometieron sus dirigentes en la última etapa que les tocó gobernar y en la más reciente en la que les ha correspondido el papel de oposición. Que el vídeo en cuestión haya sido argumento prioritario durante días de tertulias radiofónicas y columnas en la prensa no se debe tanto a lo que dicen los que en él aparecen -nada del otro mundo, no crean- sino al hecho mismo de que se reconozcan errores y se pida públicamente perdón. Una actitud que en este país es todavía más exótica que la de dimitir. Aquí, ya se sabe, no se va nadie aún cuando se le haya cogido con las dos manos dentro de la caja. Cosas de España que, al parecer, llevamos en el código genético y que nos coloca el orgullo y el amor por el sillón por encima incluso de la honradez y de la coherencia.

Los militantes socialistas del vídeo en cuestión han hecho, obviamente, lo que consideran que sus dirigentes no se han atrevido a hacer por falta de valor y de coraje democrático, virtudes éstas que se ven poco por estas tierras. Reconocer errores y pedir perdón está mal visto en nuestras fuerzas políticas y sociales porque se piensa que ello se traduce en debilidad. Así le va a este país en tantas cosas. Admitir errores y disculparse ante los directamente perjudicados es ante todo una muestra de fortaleza y de seguridad y es, sobre todo, el camino más corto para no volver a cometerlos.

En Sevilla, para no irnos más lejos, alguien le tendría que pedir disculpas a los ciudadanos por los muchos desafueros que está provocando la guerra abierta entre el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía; el último de ellos, la decisión de La Caixa de no hacer su centro cultural en las Atarazanas se ha revelado tan perjudicial como de difícil solución. La entidad, por cierto, también tendría que disculparse por el punto de altivez con el que ha actuado en este caso frente a la ciudad.

También y algún día, que ojalá no tarde mucho, alguien va a tener que hacer acto de contrición por la política de estrangulamiento y aniquilación de las clases medias que se ha aplicado en España desde el inicio de la crisis y que ya ha hecho un daño tan irreversible que se ha cargado, tanto desde el punto de vista económico como social, a un par de generaciones.

Los errores no deben de salir gratis. Pedir perdón, como han hecho los militantes socialistas para dejar en evidencia a sus dirigentes, es un coste muy menor si se compara con el ridículo que supone no dar el brazo a torcer. Además, no en vano la Iglesia ha dado tanta importancia al sacramento de la confesión, que lo reconcilia a uno consigo mismo y sosiega el alma. No son pocas ventajas. Ya va siendo hora de que más de uno y más de dos se lo apliquen, incluido aquello de cumplir la penitencia que les fuera impuesta.

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