Editorial

De Pekín a Londres

CON otra ceremonia de lujo, Pekín cerró ayer sus Juegos Olímpicos. Todos los expertos han esquilmado ya el diccionario para escoger calificativos de oro con los que referirse a la organización de esta edición de la mayor fiesta deportiva que disfruta el mundo cada cuatro años. El gigante asiático no ha escatimado medios y ha alcanzado una perfección, estética y de gestión, con la que exorcizar los miedos que en las vísperas del acontecimiento sombrearon los Juegos de Pekín. La comunidad internacional toma nota. Pero China también debe hacerlo. Ha demostrado a todos que un pueblo tan predispuesto como disciplinado -y el chino lo es-, dedicado en cuerpo y alma a llevar a su país al peldaño más alto del podio, puede alcanzar el éxito indiscutible, por mucha que sea la envergadura del evento. No obstante, una vez alcanzada la gloria, China tiene que entender que ganará mucho más desde una posición más abierta -y el deporte, una vez más, ha contribuido a ello- que manteniendo postulados que la atrincheran, cuando no la amurallan, frente a los demás: léanse en primer lugar los derechos humanos y las libertades individuales, asuntos en los que Pekín está a la cola, al contrario que en lo deportivo, del medallero. Ayer le pasó el testigo a Londres. A la capital británica le toca en 2012. Su alcalde, el conservador Boris Johnson, enarboló la bandera olímpica no sin cierto vértigo, a la vista de los fastos chinos. Todos se preguntan si la City podrá superar lo que ha ofrecido Pekín al mundo durante 16 días. Está por ver, como también lo estará entonces, el papel de España, que en estos Juegos Olímpicos se superó a sí misma con respecto a los de Atenas hace cuatro años, pero se quedó lejos del ambicioso reto de alcanzar las cotas de Barcelona 92. Con cinco medallas de oro, diez de plata y tres de bronce, la delegación española ha quedado en el puesto número 14 del medallero, reflejando una competición desigual, con luces y sombras. Desde hoy, empieza el trabajo para Londres con el objetivo de batir la cima histórica de Barcelona.

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