Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Aquí o en Pekín

LA que llaman ley mordaza, con su minucioso despliegue de medidas concebidas para hacer frente a la expresión del descontento, ha nacido muerta. Es una ley desenfocada e inoportuna, en momentos de lógica conflictividad social, refuerza los motivos de la minoría violenta que pretende arrasar con todo y no frena sino azuza la desafección de una parte importante de la sociedad -no se trata de cuatro colgados- que ha perdido la confianza en las instituciones. Pueden pensar desde el Ministerio de Interior que todo sería más sencillo si las familias pasaran las tardes en casa rezando el rosario, pero no será poniendo límites a la protesta, incluso cuando ésta no se ajusta a derecho, como se sienten los fundamentos de una convivencia que ha quedado severamente dañada por los devastadores efectos de la crisis.

Por citar uno solo de los muchos aspectos rechazables, cualquier disposición que implique transferir las funciones asignadas a los jueces a los agentes de Policía -lo recordará el infausto ministro socialista de la patada en la puerta- es un disparate sin recorrido que no puede admitirse ni resuelve nada. Los sectores contestatarios, entre los que sería ingenuo incluir a quienes por aquí abajo llevan gobernando décadas, no digamos a los que cobran por apoyarlos abierta o tácitamente, tienen toda la razón al atacar una ley indefendible, pero su posición sería tanto más convincente si se mostraran igualmente críticos con los partidos o regímenes que reprimen la libertad de expresión o de manifestación en cualquier lugar del mundo.

Sea cual sea su signo, la disidencia no puede ser criminalizada, aquí o en Pekín, en Rusia o en Persia, en Cuba o en Venezuela. O se va de verdad por libre o se mete uno en el establo, y el que elija la segunda opción difícilmente puede sacar pecho a la hora de impartir lecciones. Los nostálgicos de las soluciones autoritarias abarcan todo el espectro político y a menudo muestran una reveladora e inquietante proximidad en cuestiones de moral u orden públicos. No se puede mirar para otro lado cuando los milicos sacan la porra o cierran las cabeceras críticas o arrestan y encarcelan preventivamente a sus responsables. Si los que pretenden entre nosotros representar a la gente no han comprendido que la censura es igualmente inadmisible venga de donde venga, es que no han entendido nada. Ni mordazas ni vendas ni anteojeras. Estar junto a los que no se callan implica no atender al color del que prohíbe.

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