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Rafael Padilla

Peligros veraniegos

ES todo un clásico. Cuando el verano empieza a agostar los teletipos de las redacciones, siempre hay un genio, innovador él, al que se le ocurre la brillante idea de avisar al público de los muchos peligros que se esconden tras la aparente dulzura de los días que llegan. Y a fe mía que, a poco que el plumífero de guardia se lo tome medianamente en serio, los riesgos que mostrará al incauto que se piensa en el zaguán del paraíso, lograrán congelarle -con el termómetro a reventar eso tiene un mérito- su sonrisa imprudente, confiada y bobalicona.

¿Que se cree usted que el sol es una bendición y maldice la puñetera suerte que no quiso hacerle nacer en las islas Seychelles? No sea temerario, hombre de Dios, las quemaduras, traicioneras y graduadas, el mítico golpe de calor, ese atracón de grados que fulmina al más gélido de los mortales, y la amenaza del cáncer de piel, demonio que nos mantiene permanentemente embadurnados de potingues, bastarán para disuadirle de su cándido error. ¿Que éste es tiempo para disfrutar de la naturaleza y de vagar por esos mundos desatado y desnudo como el viento? Los mosquitos, las avispas, los tábanos, las hormigas, las pulgas y hasta las garrapatas le están aguardando para picotear en sus sueños y enrojecer sus propósitos. ¿Que no hay nada como zambullirse en el mar y olvidarse de tanto mal trago? Las medusas, los erizos, la novedad exótica del tiburón desnortado y, sobre todo, los afamadísimos ahogamientos y cortes de digestión, servirán para espantarle tanto pájaro de la cabeza. Restan, claro, caídas, fracturas, resbalones y heridas, en sus incontables versiones, para terminar de agriarle el vino antes de descorchar la botella.

Con todo, entiendo que estos apóstoles de la prevención siempre se quedan cortos. Hay en el verano fatalidades mucho más sutiles y dañinas. Descubrir de pronto, por ejemplo, que las horas son tuyas, que te han sido regaladas y que no hay dinero en el mundo que pueda ni deba comprarlas. Caer en la cuenta, también, de que la tiranía absurda de las estúpidas rutinas cotidianas te está devorando el alma, el corazón y la vida. Engancharse, incluso, a la poderosísima droga de la alegría y no querer ya abandonarla nunca. O, en fin, extraviarse en la conmoción de un atardecer imposible, en el moscatel de unos ojos calmos, en la tibieza de una caricia cabal, en la ternura aniñada y gozosa de tu insobornable libertad.

Y aún me queda el presagio más funesto y probable. El verdadero peligro del verano es que acabará como acabaron todos. Sin que casi nadie renuncie a la vergüenza aceptada de su esclavitud, sin un gesto de indisciplina, sin un grito de rebeldía. De nuevo - ¿para cuándo un punto de lúcida inteligencia?- mansa, cuerda y resignadamente.

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