La tribuna

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Pensiones, demografía y mentiras

LINDE y las medias verdades. Como suele ser habitual, cuando no hay nada mejor sobre lo que polemizar, hace unos días -antes de que la tormenta griega lo eclipsara todo- se volvió a hablar del recurrente y agotador asunto de las pensiones a raíz de unas declaraciones del gobernador del Banco de España que venía a advertir de la reducción inexorable de las mismas a medio y largo plazo salvo que se combinen con ahorro privado (verdad) debido al "problema demográfico" (gran mentira repetida ad nauseam). A renglón seguido y durante unas cuantas jornadas, tertulianos de toda laya, periódicos y televisiones no hicieron sino bombardear -alarmando, en los más de los casos- acerca del futuro que se cernía sobre nuestro país en tan sensible tema, y sobre la necesidad de incentivar, entre otras cosas, la política de nacimientos para revertir la forma de esa pirámide que se parece cada vez más a una bombilla (de las antiguas). Y una vez más volvemos a estar en profundo desacuerdo con el mantra repetido desde la derecha a la izquierda: tienen que nacer más niños, tiene que aumentar la población. Rogaría que algún demógrafo competente me sacara del error, pero, ¿aseguran más nacimientos las pensiones futuras si no hay trabajo para todos? Si fuera cierta esa premisa, entonces, ¿estaríamos abocados por narices a un crecimiento incesante de la población para que la pirámide siempre sea de base ancha? ¿Es eso sostenible económica y ecológicamente? ¿Una España, pues, de cien millones de habitantes?

Ratio pensionista/trabajador. Para concluir que nuestro sistema de pensiones es inviable a largo plazo tal y como lo conocemos hoy día no hay que ser gobernador del Banco de España; para saber que la población envejece a marchas forzadas, tampoco. Pero que para que todo esto revierta la varita mágica sea poner a las parejas a funcionar a revienta calderas me parece una solución en extremo simplista fruto bien de la ignorancia bienpensante o del deseo de tener una masa vacante de fuerza laboral desocupada que continúe abaratando el factor trabajo. Veamos algunos números. En 1975, cuando murió Franco, había en España unos tres millones de pensionistas; hoy hay alrededor de nueve millones. En aquel año, la población ocupada era de doce millones; hoy de diecisiete. Hagan la operación más sencilla; calculen el cociente entre unos y otros, que es donde reside el meollo del problema. Exacto: de un pensionista cada cuatro trabajadores se ha pasado a uno por cada dos. Y esa ratio continua estrechándose. Los más agoreros calculan que para el año 2040 se llegará, de seguir todo parecido, a la ratio uno-uno: cada trabajador (funcionarios incluidos) tendrá que llevar en sus espaldas, quizá literalmente en ocasiones, a un pensionista. La situación no deja de alarmar. Una bomba de relojería que los políticos, casi siempre con las luces cortas de las elecciones en mente, no se atreven a desactivar. El denostado Zapatero tuvo la valentía de prolongar la edad de jubilación hasta los 67 años; algo de pura lógica, pero insuficiente, si se tiene en cuenta que desde el final de la Segunda Guerra Mundial la esperanza de vida en Europa ha aumentado veinte años.

El futuro. Desmontemos la falacia. El problema -gordo- de las pensiones no se soluciona con un aumento del nacimientos: éstos no resuelven por sí solos absolutamente nada, no aumentan esa ratio de la que antes hablábamos. ¿Cómo se pueden pedir más nacimientos si ni en los mejores momentos de nuestra economía hemos sido capaces de bajar de una tasa de desempleo del 10% y nos aproximamos en este momento al 25% con cinco millones de parados? ¿Hay alguna perspectiva de que esto vaya a cambiar en los próximos años? ¿O se trata de otra gran engañifa para seguir, como decimos, disponiendo de un ejercito permanente de parados? No, no me hablen de "invierno demográfico", de "catástrofe poblacional". Sobramos habitantes en este mundo. La cuestión de las pensiones se solventa con la creación de puestos de trabajo de calidad (si es que interesa), con el retraso en la edad de las jubilaciones (el sistema no se creó para mantener a jubilados haciendo rafting durante veinte años) y para, simplemente, de esa manera, elevar la tasa de dependencia. La esperanza de vida en España en 1960 era de 69 años; hoy llega a los 83. Ésa es la cuestión. En aquel entonces un jubilado "duraba", permítaseme la expresión, cuatro años de media; hoy casi veinte. No le den más vueltas. Nos costará aceptarlo, pero la edad de jubilación irá aumentando progresivamente a cotas hoy inimaginables, por muchos "derechos adquiridos" que se esgriman. No hay otra para, con una economía que solamente crea empleos a cuentagotas y de escasa calidad, volver a ratios sostenibles entre trabajadores en activos o cotizantes y pensionistas. La edad de oro de un sistema (piramidal-ponzi) casi perfecto pasó.

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